viernes, 31 de mayo de 2013

La feria del libro (de papel) de Madrid


Hoy da comienzo la 72ª edición de la Feria del Libro de Madrid, que desplegará un buen número de casetas de librerías, editoriales y distribuidoras en el parque del Retiro hasta el próximo 16 de junio. Es una ocasión perfecta para pasearse entre libros y escritores, muchos de ellos firmando sus libros, y celebrar como se merece la lectura. Aunque no toda la lectura puesto que para la organización de la feria los libros electrónicos no tienen cabida en ella.

Me sorprende mucho esta postura, y más a estas alturas, cuando la gran mayoría de los editores se han apuntado ya a este carro y por fin han asumido que los ebooks son presente continuo y no futuro condicional. Pero lo que ya me deja sin palabras es comprobar que, mientras se ha prohibido la participación a las editoriales y librerías digitales, se da la bienvenida con todos los honores a un fabricante de dispositivos y potencial comercializador de contenidos, Samsung, con pabellón propio dentro de la feria.

Y luego nos quejaremos (se quejarán) de que llegan agentes ajenos al mundo editorial que se quieren quedar con el negocio y amenazan a los actores tradicionales. En bandeja de plata, que diría mi abuela.

jueves, 16 de mayo de 2013

Escribir, ¿por qué y cómo?

Lorca declaró: “Escribo para que me quieran”, algo que más tarde repetiría García Márquez y también Saramago: “Escribo para que me quieran. También escribo para no morir. Pero la razón más importante y la que cuenta al fin y al cabo, es que escribo para comprender”.


Desde luego que cada autor tiene sus propias razones y métodos para escribir y entiendo los motivos de estas ilustres figuras, pero para mí el amor no es algo que se pueda forzar de ninguna manera y no tiene valor a no ser que se dé en libertad (por mucho que ayude la poesía). En cuanto a la muerte, no recuerdo haberle tenido nunca ningún miedo (otra cosa son las arañas) ni deseado por lo tanto ganarle la batalla o trascenderla. La última razón mencionada por Saramago es la que personalmente subscribiría: escribo para comprender, para entenderme a mí misma y a los demás.

Pero fundamentalmente escribo para poder dormir.

En la entrevista publicada en Libros.com mencionaba que Manuscrito en el tiempo nació cuando, tras enviar la tesis a imprimir, me quedé suspendida en el limbo frente a un abismal vacío. A ese momento de crisis respondí continuando con lo que había sido mi rutina diaria durante meses: levantarme, ponerme frente al ordenador, escribir todo el día. Fue así como surgió la historia de Kirstiane y Derran, mis encantadores protagonistas medievales.

Toda la ficción que he escrito hasta el momento parece surgir de una imagen que captura una situación y unos personajes que me intrigan. La curiosidad me lleva a querer saber cómo han llegado hasta ahí y qué es lo que va a pasar a continuación. Empiezo a observarlos, a preguntarles, a seguirlos adonde me quieran conducir.

Cuando los personajes tienen sus propios planes

Al escribir intento básicamente describir en palabras la película que se está proyectando en mi cabeza. Como decía, si no lo hago, no puedo dormir.

La imagen que provocó Manuscrito en el tiempo, la noche de bodas que abre la novela, determinó también la estructura no lineal de la narración que más tarde quedaría justificada con la aparición de Andrea. A partir de esa imagen inicial, los personajes van cobrando vida hasta prácticamente independizarse. Se vuelven entonces extrañamente ajenos a mí: mantienen conversaciones que me asaltan en cualquier momento sin tener la decencia de preguntar si me viene bien. La ducha es uno de sus lugares favoritos, pero también cualquier calle y medio de transporte. Aunque tengo montones de libretas de notas, de alguna forma rara vez los llevo encima y acabo empleando cualquier cosa para garabatear, en especial los márgenes de los recibos de compra del supermercado o el mapa del metro. Y desde luego, no tienen ningún reparo en aparecer cuando me acuesto. Les pido que me dejen tranquila, que podemos seguir por la mañana, pero les da igual. Ignorarlos es inútil, está bien comprobado, así que me tengo que levantar y escribir lo que sea que les ocurra o me estén contando. Solo entonces obtengo permiso para caer felizmente inconsciente.

Recuerdo haber tenido que abandonar la cama en más de una ocasión durante la elaboración de Manuscrito en el tiempo. A veces, escribir a mano unas notas, servía. Otras veces, era tal el bombardeo que no tenía más remedio que volver a encender el ordenador y entonces pasaban las horas sin darme cuenta. Me aficioné a escribir por la noche y llegó un momento que vivía como los vampiros.

Fue Nuala, personaje secundario en la historia de Kirstiane, la que insistió en El retorno de los bardos. Yo no albergaba intención alguna de una segunda parte y, de hecho, ya tenía otros proyectos bulléndome en la cabeza, pero no hubo nada que pudiera hacer. Recuerdo con claridad cuando apareció inesperadamente en medio de una clase de Tai chi anunciando “es que en realidad no soy así” y proporcionándome varias imágenes que ilustraban su verdadera naturaleza. Intenté empujarla de mi mente. “Vale, me parece muy bien. Ahora vete, que estoy ocupada”. Pero no hubo forma. Traté de disuadirla, explicándole que no era por ella, que contar su historia significaría también escribir las historias de Andrea y Claire. Demasiado trabajo. Manuscrito en el tiempo me había llevado varios años y no tenía ganas de pasar por lo mismo. Nuala continuó persiguiéndome inmisericorde hasta que capitulé. Porque si no duermo soy peor que un zombie.

Otra de las razones por las que escribo es porque puede ser de lo más divertido. Normalmente tengo una idea general de hacia dónde van la historia y los personajes, pero a menudo se producen cambios inesperados que mantienen vivo mi interés. Me despierto por la mañana contenta y excitada ante la perspectiva de pasar el día con mis personajes.

Son como amigos imaginarios y, aunque en ocasiones me importunen, solemos desarrollar relaciones de lo más curiosas y satisfactorias. Tampoco existe jerarquía en una interacción basada en el respeto y la igualdad. Aunque en cierto modo pueden considerarse producto de mi imaginación, no son, para nada, marionetas sujetas a mis caprichos y sé que las cosas fluyen mejor cuando no intento imponer ningún tipo de control sobre ellos. Son amigos generosos también.

Cuando Amalia López, mi fantástica editora, estaba leyendo Entre sombras, señaló un momento en el que no acababa de comprender la reacción de Acacia, la joven protagonista. “Tienes razón. A mí también me extrañó. Voy a preguntarle”, le respondí. Amalia se rió. Yo le aseguré que era menos esquizofrénico de lo que sonaba, aunque no sé si a estas alturas puedo convencer a nadie. En cualquier caso, Acacia tuvo la amabilidad de explicarme el porqué de su comportamiento, razones que incluí en la novela. Todos contentos.

Yo te bautizo…

Para finalizar, voy a compartir el proceso de nombrar a los personajes, algo sobre lo que me han preguntado en más de una ocasión. Los nombres son importantes y los elijo con cuidado. Muchas veces, cuando empiezo a tomar notas sobre una nueva historia, los protagonistas son todavía muy vagos y los distingo como X, Y, el chico, la mujer, el abogado, etc. Cuando nos conocemos un poco más, les pregunto cómo se llaman o si están conformes con el nombre que les he dado. No suele haber mayores conflictos y, si alguna vez cambiamos de opinión, existe esa utilísima opción “buscar y reemplazar” en el procesador de texto.

Deben ser acordes con la historia, claro. Para Manuscrito en el tiempo y El retorno de los bardos, tuve que buscar un buen número de nombres con los que bautizar personajes y lugares imaginarios. Algunos eran modificaciones de nombres ya existentes de personas que conocía. Por ejemplo, el alemán Kristiane se convirtió en Kirstiane y el inglés Darren en Derran, mientras Nuala, una encantadora niñita pelirroja que había sido mi vecina en Irlanda, se quedó tal cual, pero pronunciado en castellano (en lugar del “nuula” irlandés). Muchos nombres, sin embargo, procedieron del diccionario: abría una página al azar y leía cualquiera de las entradas al revés, hasta que daba con una que, con mayores o menores modificaciones, sonara bien.

A la hora de bautizar a los personajes secundarios, a menudo empleo amigos y personas que conozco (Rosa, Nuria, Hisae...), lo que me ayuda a recordarlos. Para la historia de Claire tuve en cuenta qué nombres estaban de moda en la época victoriana, incluyendo apellidos y cuestiones de clase social. Edward Forrester es un homenaje al Edward Ferras de Sentido y sensibilidad de Jane Austen, mientras Claire Gordon está ligada a Lord Byron y cualquiera de mis Alice procede de Alicia en el país de las maravillas. Confieso que soy dada a las indulgencias literarias.

Busqué, claro está, nombres y apellidos escoceses para Kyle y su familia, de igual modo que aparecen nombres y apellidos propios de Cornualles en Entre sombras. Acacia proviene del comentario casual y melancólico de una de mis antiguas alumnas particulares, Saskia Taylor, sobre uno de los árboles de su jardín, mientras Millie es el nombre de otra de mis antiguas alumnas, la vivaz Millie (Amelia) McCarthy. En cuanto a los chicos, siempre me han gustado los nombres de James y Eric. Suenan nobles y capaces de dedicarse a una causa digna. Enstel, por el contrario, escogió su propio nombre, como me recuerda él mismo contemplándome con una sonrisa socarrona mientras escribo esto.


viernes, 10 de mayo de 2013

El precio justo


No voy a descubrir nada nuevo si digo que uno de los puntos calientes de los libros electrónicos es su precio, tema que ha generado debate a lo largo y ancho de la comunidad librera. ¿Cuál debe ser el precio justo de un ebook? La respuesta puede ser muy distinta dependiendo de a quién se pregunte: desde gratis hasta el infinito, casi.

Para nosotros esta es también una cuestión importante y desde el principio, cuando nos empezamos a plantear la filosofía y funcionamiento de la editorial, teníamos claro que nuestra política de precios tendría que ser lo más ajustada y razonable posible. ¿Qué entendemos por ajustada y razonable? Que nuestros precios tendrían que permitirnos pagar un royalty decente al autor (cosa que también nos aseguramos ofreciendo un porcentaje de más del doble del habitual), cubrir nuestros gastos y dejarnos un margen de beneficio para poder seguir publicando, pero también reflejar el carácter intangible del libro electrónico y otros factores como el lanzamiento de un nuevo libro o el que ya lleva un tiempo en el catálogo.

Es por eso que hace un par de semanas, junto con el lanzamiento de la nueva novela de Lucía Solaz, El retorno de los bardos, de la que os hablábamos en la entrada anterior, bajamos los precios de nuestros dos primeros títulos, Manuscrito en el tiempo y El rompecabezas del cabo Holmes, a partir de ese momento disponibles en todos los puntos de venta a 4,99 €.

Seguimos sin tener la clave del precio justo para los ebooks, pero creemos que este pasa por contemplar todos los puntos de vista: autores, editores, libreros, lectores.

viernes, 3 de mayo de 2013

La ilusión de un nuevo libro

Estas últimas semanas han sido intensas y emocionantes, mientras dábamos los últimos toques y preparábamos la salida del último libro publicado en sinerrata, El retorno de los bardos.

En esta ocasión, además, la ilusión tiene diversas fuentes. Por un lado, es la segunda parte y cierre del que fue nuestro primer título, Manuscrito en el tiempo, con el que empezamos nuestra andadura como editorial. Y estamos ilusionados porque sabemos que había lectores esperando su salida casi tanto como nosotros.

Además, este es el tercer libro que su autora, Lucía Solaz, publica con nosotros, lo que nos hace llenarnos de orgullo por mantener su confianza y comprobar que lo que un día nos propusimos, crecer junto a los autores, es posible.

Pero es la ilusión de llevar hasta vosotros lectores otra muestra más de buena lectura, de recibir vuestros comentarios e impresiones, la que ahora mismo nos mueve. ¡Esperamos que os guste!

viernes, 26 de abril de 2013

Escritores tardíos

Uno de los temas que más obsesionada me tuvo estos últimos años fue —por motivos relacionados con mi historia personal—, el de los escritores tardíos. Siempre creí que cuando uno llegaba a la treintena tenía claro qué era lo que quería de su vida. Pero llegué a los 37 y no tenía ni idea. Solo entonces supe, sentí, que lo que yo quería era aquello que hacía de pequeña: escribir. Creí que era demasiado tarde y empecé a buscar material. Descubrí que una cantidad no despreciable de escritores conocidos comenzaron tardíamente y no les fue nada mal. Y cuando digo esto no me refiero a que se hayan hecho famosos (el primer libro de algunos es de publicación póstuma), o millonarios, sino al que hayan escrito libros de gran valor literario.
En algunos casos no encontré datos de cuándo dieron sus primeros pasos en la escritura sino la fecha de su primera publicación; lo que puede ser confuso pues lo importante no era para mí cuándo publicaron sino cuándo empezaron (igualmente, me cuesta creer que alguien se decida a escribir un libro a los 40 sin haber escrito nada en absoluto con anterioridad en algún momento de su vida).
Aquí les traigo una lista de algunos de ellos:

  • Sharon Olds publica su primer libro de poesías a los 38 años. 
  • Mary Wesley escribió dos libros para niños cerca de los 50 y su carrera como escritora no tuvo repercusión alguna hasta que cumplió los 70 años. 
  • Harriet Doerr publicó su primera novela a los 74 años. 
  • Laura Ingalls Wilder comenzó a escribir su primera novela a los 65 años. 
  • Frank McCourt, ganador del premio Pulitzer, publicó su primer libro a los 66 años. 
  • Mary Alice Fontenot escribió su primer libro a la edad de 51 y siguió publicando a los ochenta y a los noventa también. 
  • El Marqués de Sade publicó Justine, su primera novela, a los 51. 
  • Raymond Chandler, un escritor que me apasiona, publicó su primer cuento a los 45 y su primera novela a los 51. 
  • Jean Rhys, escritora nacida en la isla de Dominica, publicó su primer libro a los 37 años. 
  • Wallace Stevens, reconocido poeta Americano, publicó su primer libro a los 44. 
  • Giuseppe Tomasi di Lampedusa escribió su única novela ya cumplidos los sesenta. 
  • José Saramago comienza a dedicarse seriamente a la escritura a finales de sus cincuenta. 
  • Gesualdo Buffalino publicó su primera novela teniendo más de 60 años. 
  • Annie Proulx publicó su primera novela a los 51 años de edad, y la segunda, con la que ganó el Pulitzer, la publicó a los 58. 
  • Luis Landero publicó a los 41 años. 
  • Eduardo Lago publicó su primer libro a los 46 años. 
  • Manuel Talens publicó a los 44 años. 
  • Alberto Méndez publicó a los 63 años. 
  • Stieg Larsson comenzó a escribir a los 47 años y falleció antes de que su primer libro fuera publicado y rompiera la lista de los best sellers.

Lo que puedo decir, en conclusión, luego de todo lo que leí al respecto, es que hay quizá tantas historias como escritores; que no hay fórmulas ni una línea clara de cómo se forma un escritor. Cada cual deberá encontrar su propio camino, "golpe a golpe, verso a verso".

Los invito a que amplíen la lista y a que sigamos escribiendo porque nunca es tarde para hacer aquello que nos hace bien.

viernes, 19 de abril de 2013

4 entrevistas 4 a Amalia López, editora de sinerrata

Como no veo probable que Amalia López, editora de esta casa, use uno de sus artículos para vincular las entrevistas que la van haciendo, voy a aprovechar yo el hecho de que hoy cojo el testigo del blog para recomendaros la visita a cuatro de ellas.

No se trata de ningún capricho, ya que en ellas Amalia da muchas claves del funcionamiento de la editorial: la elección de trabajar sin DRM, la política de precios, las razones para poner en marcha un proyecto exclusivamente digital, la importancia que le damos a las redes sociales, los planes de futuro, cómo es la relación de sinerrata con sus autores, y otros temas de interés, dependiendo del enfoque de cada una de las entrevistas.

Si queréis acceder a ellas de forma cronológica, la primera de ellas sería la que le hizo Fernando García en su blog Sin Tinta, dentro del diario El País, hecha hace ya más de un año.
Nuestra política de precios se basa en dos pilares: un precio ajustado para el lector y un precio justo para el autor. Creemos que el libro electrónico ha de tener precios más bajos que el libro de papel, y no tanto por el ahorro que pueda suponer el carecer de gastos de impresión y almacenaje, que no es tanto en realidad y además se sustituye por otros distintos, sino porque es evidente que su valor como objeto tangible desaparece.

La siguiente entrevista de esta pequeña selección, (no están todas las que son), es la realizada en el blog de la editorial Ideaspropias, en agosto de 2012.
Nuestra filosofía editorial es simple: queremos ser el puente entre buenos autores (preferiblemente noveles) y grandes lectores que, gracias al libro electrónico, tengan acceso más fácil y económico a deliciosas lecturas. En realidad, no es más que lo que yo misma busco como lectora.

Damos un salto importante en el tiempo, hasta el mes (y año) actual, para recomendaros una entrevista compartida con otros editores de pequeñas editoriales, en la web de la Universidad Rey Juan Carlos; la firma Silvia Bustamante.
Amalia López espera “un futuro editorial más diverso, más rico, con editoriales pequeñas y grandes grupos, con ofertas diferentes para diferentes lectores. En definitiva, que haya sitio y público para ambos modelos”. 

Y por último, una entrevista hecha tan sólo hace dos días, en el blog de bq readers. En este caso he tenido la oportunidad de hacerla yo, así que espero que os interesen tanto las preguntas como las respuestas.
El tema de la mal llamada piratería es ciertamente controvertido, y nosotros desde el principio nos hemos posicionado al otro lado de esa industria que criminaliza a los lectores, utiliza cifras que nadie sabe muy bien de dónde salen y se centra en encontrar soluciones legales y punitivas. Es por eso que nosotros hemos optado por no hacer uso del DRM e intentamos hacer una labor más pedagógica a este respecto.

viernes, 12 de abril de 2013

Libros de cabecera


Está semana comenzó con la triste noticia de la muerte de uno de mis autores favoritos, José Luís Sampedro, al que admiro mucho no solo como escritor sino también como persona.

Uno de los primeros libros “adultos” que pasaron por mis manos fue La sonrisa etrusca, que no no he vuelto a leer desde entonces pero que aún me conmueve con los recuerdos de esa especial relación entre nieto, recién llegado a la vida, y abuelo, ya despidiéndose de ella. Pero fue otra de sus obras, La vieja sirena, la que se instaló en mi mesilla de noche durante años y sufrió relecturas reiteradas durante un periodo de mi vida. En alguno de los traslados debió viajar de allí a una caja y de la caja a la estantería, y otros libros fueron ocupando su lugar al lado de la cama en momentos en que estos tenían un especial sentido para mí.

A raíz de una entrada de Maia L. Blank (futura autora de la casa) en su estupendo blog, volví a recordar los tiempos en que La vieja sirena era una presencia constante en mi cabecera y sentí un impulso irrefrenable de volver a colocarlo allí. El viejo ejemplar de papel amarillento y lomo forzado por haber pasado tantas veces las páginas hizo ayer el viaje de regreso desde la estantería a la mesilla de noche, al mismo tiempo que una recién adquirida copia en formato electrónico pasaba a ser parte de mi biblioteca digital y título permanente en mi lector, que también tiene su sitio en mi cabecera.

Decía Maia en uno de los comentarios de su entrada que ella mantiene los libros en la mesilla de noche (o mesita de luz, como la llama ella gracias a la inmensa riqueza de esta lengua que compartimos) como un recordatorio de la persona que fue y que quiere seguir siendo. Los libros de cabecera, esos que te han marcado de determinada manera y necesitas tener cerca, te permiten volver a un momento de tu vida, cuando los leíste por primera o cuarta vez, y lo que entonces te transmitieron, y a la vez son la llave para conocer cuánto de ti ha cambiado en este tiempo y cuánto sigue vibrando de la misma forma.