Confieso que no siempre entiendo las viñetas de Ros y esta, aunque la entiendo, no consigo ponerla en contexto. ¿Es una crítica o una alabanza? La conclusión a la que he llegado es que es tan buena que puede ser las dos cosas, dependiendo de los ojos que la miran. Para mí es claramente una alabanza, pero puedo entender cómo para otra persona sea una crítica: el libro electrónico, una vez más, como hermano pobre del papel, como símbolo de una pérdida (ese precioso edificio y todo el contenido de la biblioteca nacional, aunque el contenido no desaparece solo cambia de formato y en consecuencia ocupa un espacio, y un volumen, distinto).
Si este fuera el caso, el de la crítica, se me ocurre argumentar que el edificio no se pierde, si se necesita menos espacio para almacenamiento tendremos más para realizar otras actividades relacionadas con el libro la lectura, y, sin embargo, a cambio conseguimos que todo el saber, la literatura y entretenimiento que antes se encontraba entre esos muros ahora esté disponible para cualquier persona en cualquier parte del mundo y no solo para los que tuvieran la suerte de vivir en sus proximidades.
Tengo la sospecha de que muy probablemente se trate de una crítica, quizás porque me he malacostumbrado a que a los libros digitales les lluevan de esas por todas partes, principalmente desde el propio mundo editorial. Y precisamente por eso, me sentí muy identificada con algunos párrafos de este artículo de The Digital Reader de hace unos días. Dice Nate Hoffelder, su autor:
“The major publishers are dead because they bet against digital, which is the future.
The thing about the major publishers is that they thought they could make the market go where they wanted”.
O, en una traducción libre: “Las grandes editoriales están muertas porque apostaron en contra del formato digital, que es el futuro. El problema de las grandes editoriales es que pensaron que podrían hacer que su mercado fuese en la dirección que ellas querían”.
Lo que más me preocupa (y a veces me enfada) es que para justificar esta decisión de no apostar por el libro electrónico, se maquillan los datos de ventas, y los de las descargas ilegales, y se publicitan ampliamente para convencernos de que el libro impreso no solo sobrevivirá, cosa que por otra parte nunca he dudado, sino que está creciendo en ventas y terminará acabando con el formato digital, que cada vez vende menos. Además, los libros electrónicos no solo nos hacen cada vez más tontos, sino que están acabando con los ingresos de editoriales y autores...
No es la primera vez que hablamos de esto aquí y puede que no sea la última.
No llego a ser tan drástica como Hoffelder y realmente no creo que las grandes editoriales, o cualquiera que no apueste por la edición digital, estén muertas, pero sí estoy convencida de que están perdiendo un tiempo valiosísimo en mantener el statu quo, peleando con un monstruo que no va a desaparecer y que, si se pararan a pensarlo, no es en absoluto su enemigo. Pero, como decía mi abuela, no hay peor sordo que el que no quiere oír.
Antes de empezar con lo prometido, un pequeño preámbulo, yo creo que positivo, y es tan solo comentar que por fin tenemos casi todos claro lo que es Libranda, ni más ni menos que una, la más importante en español, distribuidora de libros digitales, que entre sus cometidos tiene, como ahora, proporcionarnos lecturas sobre lo que está ocurriendo en el sector. Me acuerdo lo que comentaba, hace ya más de seis años, sobre esta plataforma cuando nació:
Para empezar ni siquiera deberíamos estar hablando de Libranda. Quiero decir, Libranda es tan sólo una distribuidora, hasta ahora nunca nos hemos preguntado quién se encargaba de distribuir los libros de nuestras editoriales y autores favoritos. Lo que habría que valorar son las otras dos patas de este taburete. Por una lado, habría que valorar qué políticas de precios están siguiendo todas y cada una de las editoriales integradas en Libranda y por qué todas optan por usar un DRM nefasto para la experiencia de compra, y por otro lado, habría que valorar, una a una, qué servicio nos están dando las diversas librerías online que se van asociando a Libranda para vender su catálogo.
Y vamos con el tema de hoy. Han presentado muy recientemente un estudio sobre la evolución del mercado del libro digital en español durante el año 2016, como ya hicieron sobre lo acaecido en 2015, así que cada vez tenemos más datos para opinar sobre ellos. Lo ideal sería sumergirse en el informe original, pero nos podemos quedar con el resumen que hacen en El Diario.es, bastante completo y expuesto de forma muy sencilla. Algunos datos interesantes, muy brevemente:
La venta de libros digitales ha subido durante el año 2016 un 5,4% (un 4,8% si hablamos de pasta). Siempre he pensado que en el caso del libro esto no iba a ser una revolución, sino una evolución. Yo personalmente me conformo con que esto siga así, y solo pido que suba también la venta de libros sumando todos los formatos, porque al final hablamos de libros.
Las tarifas planas crecen un 94%. Ya os hemos hablado aquí muchas veces de este tipo de plataformas, así que no me voy a liar a dar nombres. Me parece un crecimiento muy interesante, sobre todo teniendo en cuenta que a diferencia del contenido audiovisual, poca gente lee lo suficiente como para que el precio sea "un chollo". Pero a nada que compres tres o cuatro libros al mes te puede empezar a interesar. Curiosamente no logro entender como en el diario El Mundo titulan, hoy en día, En busca del netflix de los libros, cuando existe, desde hace tiempo, y hay muchas opciones.
Las grandes plataformas internacionales se quedan con casi el 80% del mercado. En España estábamos ocupados protestando y el sector se empezó a mover tarde. Hay pequeñas plataformas tan interesantes como Lektu, editoriales que venden sus propios libros, o las empresas españolas "de toda la vida", pero la fuerza de Google, Amazon y algún otro actor fuerte, como Kobo, dejan pocos resquicios.
Terrible caída de las compras en bibliotecas para préstamo digital. En este caso se debe a la dejadez del Ministerio de Cultura; daría para una reflexión aparte.
Los precios de venta ya no son excusa. Para mí un precio medio de 6,4 euros es más que razonable, y se parece a lo que pedía hace años. Es una media, habrá libros demasiado caros, de editoriales que publican digital a regañadientes o de libros que lo merezcan por la razón que sea, pero eso también significa que hay infinidad de ebooks más baratos.
Y en esencia esto es todo. ¿Opiniones?
P.D.: Algunos datos más, en este caso de un artículo en El Periódico. Parece ser que el crecimiento del libro digital donde sí se ha estancado es en Estados Unidos y en Gran Bretaña, aunque como explica Ernest Alós habría que tomarse las cifras con calma, debido al crecimiento del libro autopublicado, donde los e-books tiene un gran peso.
Otro aporte de este artículo es desmontar un mito: a día de hoy el precio medio del e-book es menor en España que en Estados Unidos. Y abundando en lo que decía antes, estoy seguro que el precio medio del libro digital en España bajaría mucho si el estudio incluyera de forma exhaustiva la autopublicación.
Ayer me encontraba con este breve en la web sobre libros y lectores electrónicos Todo eReaders, en el que se comenta y opina sobre unas declaraciones de Jeff Bezos, el mandamás de Amazon, acerca del precio de los libros. Dice Bezos que los libros en general y los ebooks en particular son caros y que si los editores quieren competir con otras formas de entretenimiento, como los juegos o las redes sociales o la televisión, tienen que poner precios más bajos. (He estado buscando la entrevista original a Bezos para poder valorar mejor sus afirmaciones y os dejo aquí este artículo en la web Venture Beat donde se mencionan, por si os interesa [en inglés]).
Es, en mi opinión, innegable que hay algo de cierto en esa aseveración. Hoy en día, la lectura compite con variadas formas de entretenimiento y los editores, entre otros actores, debemos pelear con todas nuestras armas para que siga siendo una de ellas. Y el precio es una herramienta nada desdeñable para conseguirlo. Pero, ¿es la única? O, yendo un poco más allá en mi reflexión, ¿es realmente el precio de los libros lo que relega la lectura a un segundo plano por detrás del Candy Crash, Facebook o Netflix, como se afirma en la entrada de Todo eReaders? Sinceramente, yo opino que no.
Para empezar, siempre ha habido y sigue habiendo opciones gratuitas para leer; estoy hablando de las bibliotecas, por supuesto, que ya ofrecen libros electrónicos. En el caso particular de los ebooks, también se pueden conseguir gratis o muy baratos, gracias, por ejemplo, a las ofertas de algunos puntos de venta. Además, tenemos a nuestra disposición varios servicios de lectura digital por suscripción, al estilo Netflix y a precios similares, como Nubico, 24symbols, skoobe, readify o scribd. Y no me vale el argumento de que para leer en digital hace falta comprarse un dispositivo que también es caro, porque se puede usar para ello el mismo aparato en el que se está jugando.
Lo que yo creo es que leer, por regla general, supone una actitud quizá más activa que estar sentado delante de una pantalla, es decir, que puede requerir de un mayor esfuerzo (escribo esta frase con muchísima precaución porque ni me refiero ni quiero entrar en el debate “intelectual”, menos aún cuando la participación en las redes sociales implica, entre otras cosas, leer), y que estamos fracasando garrafalmente en la promoción de la lectura, como sociedad. Hay muchas cosas que hacer a este respecto, entre otras trabajar para que el acceso a la lectura sea lo más fácil posible, lo que incluye por supuesto precios asequibles, pero no solo. Identificar el descenso en los índices de lectura con precios altos creo que nos impide ver el problema en toda su dimensión y además solo favorece a los agentes que pretenden simplemente mercantilizarla.
Creo que este es el primer año que hago este ejercicio; por regla general no soy muy aficionada a las listas, a los repasos de fin de ciclo y, menos aún, básicamente porque rara vez las cumplo, a las resoluciones de año nuevo. Pero en esta ocasión, inspirada por otros artículos de este estilo, análisis sobre 2015 y expectativas para 2016, durante estos primeros días de enero he ido recopilando mentalmente, casi sin darme cuenta, una serie de deseos que me gustaría mucho se pudieran hacer realidad en este nuevo periodo que empieza (el orden es irrelevante):
Más y mejores librerías online, que no te pidan hasta el color de los ojos para poder comprar, ni te “guarden” los libros que adquieres, sino que te envíen directamente el archivo, que para eso lo has pagado, no usen DRM y respeten tu privacidad. En definitiva, más Lektus.
Continuando el deseo anterior, un mercado digital más variado, en cuestión de oferta pero también en cuanto a posibilidades de comercialización, que no se limiten a los dos o tres gigantes que lo dominan todo sino que permitan un horizonte más plural y bibliodiverso.
La eliminación definitiva y generalizada del DRM, al menos del llamado “duro”, que solo penaliza al lector que compra sus ebooks.
Un formato único y abierto para el libro electrónico, que se pueda leer en cualquier tipo de dispositivo, que todos los distribuidores y librerías acepten y exijan y que facilite no solo la lectura sino también el almacenamiento y gestión de nuestras bibliotecas personales.
Un sistema de acceso a las bibliotecas por parte de las editoriales digitales. Ahora dependemos de acuerdos puntuales con algunas redes de bibliotecas o de que el distribuidor que utilizamos gane el concurso público de turno para proveerlas de contenido. Las bibliotecas, y sus usuarios, deberían tener acceso a todo lo que se publique en formato electrónico, como ocurre en el papel, y las editoriales digitales debemos y queremos estar ahí.
Una apuesta por parte de las librerías de calle por el formato digital y un medio, sea en forma de tarjeta de descarga, como las de SeeBook, o en cualquier otra, para que también en ellas se comercialicen los libros electrónicos.
Una normalización del formato digital, que así pierda su estigma de formato de segunda, y con estándares de calidad al mismo nivel que el papel. Los lectores cada vez leen más libros electrónicos así que me aventuro a decir que esto está.
Y por último pero no menos importante: una oportunidad para los autores noveles, los que publican con nosotros, por su cuenta, con otras editoriales o aún esperan su ocasión. Por experiencia sabemos que hay mucho talento ahí fuera y lo mucho que cuesta captar la atención de los lectores dentro de la abundante oferta y las limitaciones del mercado.
En un momento en el que la industria editorial parece seguir cayendo en esta crisis perpetua del sector, a la que en los últimos años se ha añadido una crisis general, y en el que el tan manido cambio de paradigma nos ha sumido en un mar turbulento del que aún no conocemos las consecuencias (ni siquiera tenemos claro, por lo que parece, lo que está pasando a día de hoy), contemplo con gran optimismo cómo las bibliotecas en nuestro país, en otros ya lo hicieron hace tiempo, van introduciendo en sus fondos el libro digital. Para mí es la constatación de que realmente apuestan por la lectura, en absoluto, sin entrar en esa guerra de formatos tan absurda como contraproducente.
Desde hace ya algún tiempo, hay una premisa que se repite sin cesar en el mundillo de la edición: hay que poner al lector en la primera línea del proceso editorial. Es una afirmación con la que estoy muy de acuerdo: ellos son los que mandan, los que deciden qué leer, cuándo y cómo, y editores y autores tenemos que escucharlos y complacerlos. Pues bien, son las bibliotecas las que están cerca de ellos y las que verdaderamente están sabiendo conectar, conocer sus preferencias y ofrecerles lo que quieren. Lectura, en el formato que sea, entre otras cosas.
Si bien es cierto que las cifras de compras a editoriales y préstamos de libros electrónicos son aún modestas (aunque, cómo no, en esto también hay diferentes interpretaciones), no puedo más que quitarme el sombrero ante estas instituciones que quizás están siendo el elemento del mundo del libro que mejor se está adaptando a los cambios, avanzando, manteniéndose al día y desarrollando nuevas actividades para seguir atrayendo a los lectores en un mundo digital y cada vez más diverso en cuanto a opciones de ocio. Y siempre, siempre, promoviendo la lectura.
Permitidme que añada que sinerrata también también está presente en la red de bibliotecas del País Vasco e incluso participando en estos mismo momentos en el club de lectura de la biblioteca La Bòbila, en L'Hospitalet.
Me encantaría dedicar un artículo a hacer vaticinios, a aportar algo de claridad sobre cuál puede ser el futuro de las bibliotecas. Pero me temo que como casi todo el mundo, no tengo más que dudas. A esta sensación hay que sumar una endeble certeza: la de que las decisiones que se tomen "desde arriba" pueden hacer que, digitales o no, las bibliotecas del futuro mantengan más o menos su propósito actual, que no lo hagan, o que desaparezcan. Estoy pensando, reconozco, más en las bibliotecas de ciudades y barrios, que en las de las universidades, institutos tecnológicos u otros centros del saber, de cuyo futuro no tengo dudas.
La primera pregunta que me hago es si hay gente interesada en fulminar el modelo actual, las bibliotecas de barrio tal y como las conocemos, basado en el préstamo de libros en papel. El nuevo canon a las bibliotecas públicas, que al parecer no apoya casi nadie, supone, de facto, que las bibliotecas tengan que pagar dos veces por cada libro, al adquirirlo, y esta tasa, que sería mayor cuantos más socios tenga la biblioteca. Bueno, un inciso, algunos como CEDRO no lo apoyan simple y llanamente porque pensaban sacar una mayor tajada de este asunto. Yo considero que es una de esas medidas pan-para-hoy-hambre-para-mañana.
La segunda pregunta se la hace mucha gente: ¿las bibliotecas del futuro serán digitales? En este caso pienso que es una pregunta innnecesaria. La realidad, las necesidades, (y me temo que las decisiones arbitrarias de unos y otros), irán marcando el ritmo de esta hipotética transformación. Si he de mojarme diría que en las bibliotecas "normales", que se nutren de todo tipo de libros, el cambio será lento, con predominio del papel durante muchos años, y la introducción paulatina de las nuevas tecnologías. Mientras que en las librería universitarias, que se nutren de libro técnico, creo, intuyo, que la transformación se irá acelerando, y que se tenderá a trabajar en red, a compartir materiales y conocimiento, y a que haya más espacio para la consulta y el estudio, y menos para el papel. Estos días ha circulado por la red la noticia de la inauguración de una biblioteca (técnica) sin libros. Se ha dicho que es la primera, cuando no lo es, y se ha jugado al despiste con la redacción de las noticias, ya que en algunos casos daba la impresión de que el hecho de que no tuviera libros de debía a un error de Calatrava, que bueno, no es que piense demasiado en los usuarios de los edificios que diseña, pero no creo que llegue hasta ese punto.
No acaban aquí ni las noticias, ni las preguntas. En Xataka nos cuentan una polémica que llega desde Alemania. El Tribunal Europeo de Justicia ha dictaminado que las bibliotecas podrán digitalizar obras sin el permiso de los editores; eso sí, remiten al cumplimiento de las legislaciones locales. Aunque la polémica, aclara el artículo de Xataka, estriba más en el hipotético derecho de copia que en el de consulta: ¿puedes llevarte toda la obra en un pendrive?, ¿puedes imprimirla? Simplemente hay cosas que están pendientes de ser reguladas, como en su momento se reguló qué porcentaje de un libro en papel puedes fotocopiar (ignoro cómo está ahora mismo ese tema).
La cuarta y última pregunta es para mí la más importante. De acuerdo, las bibliotecas van a ser, al menos en parte, digitales, ¿cómo regulamos el derecho a lectura o consulta?En Diario Turing nos hablan de EBiblio, la plataforma que va a gestionar el préstamo de e-books en España. Nos cuentan que va a haber dispositivos que se van a quedar fuera, los Kindle de Amazon, por incompatibilidad del DRM. Nos cuentan que la gestión de la plataforma recae en Libranda, (era bastante previsible). Y sobre todo nos cuentan que hablamos tan solo de 200.000 licencias pagadas, y de 1.500 títulos a disposición de los lectores en formato e-book. El número de libros está claro que es pequeño, y el de las licencias también lo es, si nos paramos a analizar que tienen limitaciones de diversos tipos (20 meses de duración o 28 lecturas cada una de ellas). Yo entiendo que las plataformas y las editoriales busquen rentabilizar su trabajo, en ello estamos todos, pero creo que poner en marcha un sistema de bibliotecas públicas, y que la primera piedra sea cómo rentabilizamos cada lectura, me parece que ya de entrada lastra todo el modelo y el desarrollo, y que nos llevará a un servicio muy deficiente, o a unos costes para mejorar el sistema inasumibles por las administraciones. De nuevo, como en la primera pregunta, pan-para-hoy-hambre-para-mañana.
Cuando pagar por la cultura es asegurarse de que se continúa produciendo
Voy apenas a abordar un tema tan espinoso como complejo. Levanta ampollas y afecta
a obras de distintos tipos (música, literatura, cine, programas informáticos,
videojuegos, programas audiovisuales), pero aquí me voy a centrar sobre todo en
mi (limitada) perspectiva y experiencia personal como escritora. No pretendo hablar por todos los
artistas y profesionales ligados a las industrias mencionadas. Aunque no lo
parezca, estoy tratando de ser breve.
Uno de los temas que mis alumnos de bachillerato tenían que
considerar era la piratería. Ni ellos ni yo misma nos habíamos parado a considerar
todas las implicaciones. La mayoría no creía que bajarse una canción o una
película de Internet, algo tan habitual, supusiera un problema y reaccionaban
de las formas más graciosas cuando empezaban a darse cuenta de por qué suponía un delito. Muchos de nosotros actuamos por mera ignorancia y hemos creado
una cultura de no pagar por la cultura, inconscientes de las consecuencias fatales
que eso acarrea.
El mes pasado me hicieron partícipe, a través de Facebook,
de la lucha de una serie de autores cuyas obras (las mías incluidas) se estaban
vendiendo a través de una página no autorizada. Una de las escritoras apuntaba
además que el precio de venta que le habían puesto esos piratas a su novela era
superior al precio por el que estaba disponible de forma legal en Amazon.
Según la UNESCO, la piratería consistía tradicionalmente en
la reproducción y distribución no autorizadas, a escala comercial o con
propósitos comerciales, de ejemplares físicos de obras protegidas. No obstante,
el rápido desarrollo de Internet y la utilización masiva en línea, no
autorizada, de contenidos protegidos, en la que con frecuencia no existe el
elemento “comercial”, han suscitado un intenso debate. La cuestión acerca de si
dicho uso es un acto de “piratería” y si se debe abordar de la misma manera que
la piratería tradicional, constituye el eje del debate actual sobre el derecho
de autor. Están surgiendo distintos puntos de vista, a menudo divergentes, y
las respuestas a la cuestión difieren de un país a otro.
Hay quien se resiste con toda razón al término "piratería" porque resulta discutible que “te roben algo”. Si alguien me roba la cartera,
me quedo sin ella, lo que no ocurre si alguien se descarga mis libros de forma
ilegal. Tampoco quiere decir que haya perdido una venta, pues esa persona puede
que jamás hubiera pagado por mi novela. Sinerrata, además, se separa de
aquellas estrategias editoriales que pretenden combatir este fenómeno con sistemas de
protección (de muy dudosa eficacia) que criminalizan al usuario con el empleo
de DRM, por poner un ejemplo.
En busca del mecenas perdido
El lector medio desconoce la cantidad de trabajo que se
encuentra detrás de un libro. Yo tampoco lo sospechaba antes de empezar
publicar. Para el escritor, se trata de meses de dedicación (dos-tres años largos por novela, en mi caso). A eso se le añade la labor del editor, correctores
varios, portadista, maquetador… En este magnífico artículo, el escritor Javier
Pellicer lo explica muy bien. Este es un trabajo que existe con independencia de que se
trate de un libro en papel o en formato digital. Puedo asegurar que sinerrata, la editorial que ha publicado tres de mis novelas, se ha esforzado al máximo para proporcionar libros electrónicos cuidados en extremo y a un precio más que razonable.
¿Es una cuestión de precio? Mis novelas se venden a menos de cinco euros. Como lectora,
diría que es un precio más que ajustado por las horas de entretenimiento que
proporcionan. Me alegra mucho que el catálogo de sinerrata se ofrezca de forma gratuita a través de la plataforma 24symbols, de modo que quien desee leerlo no se encuentra en posesión de una excusa válida para delinquir. Como señalaba, muchos de nosotros actuamos por puro desconocimiento.
No creo que el lector medio tenga conciencia de lo que supone descargar
ilegalmente un libro en lugar de comprarlo, de la bofetada que le dan al
autor y a los profesionales de la editorial que lo publica. “Tu producto me
resulta atractivo, pero no lo respeto lo suficiente para estar dispuesto a
pagar por él”.
Este tema me recuerda la vieja asunción de que el artista
trabaja gratis. Hace unos años me invitaron a participar en un programa de la
extinta televisión valenciana. Iban a tratar el miedo y, al parecer,
la autoría del análisis cinematográfico de Freaks/La
parada de los monstruos me acreditaba como experta. Como las fechas
coincidían con mi estancia en Valencia por vacaciones, acepté. En ningún
momento se mencionó compensación económica alguna por mi tiempo ni la
preparación necesaria. Recuerdo que en aquel momento pensé con cierta
indignación que seguro que Belén Esteban no realizaba apariciones televisivas
gratuitas. Lo mismo volvió a ocurrir más adelante con mi participación en
programas radiofónicos y espero haber aprendido la lección. Como la chica de la ilustración, yo tampoco necesito publicidad, muchas gracias.
Sospecho que el público en general piensa que los escritores
ganamos dinero a espuertas. La triste realidad es que, ahora y siempre, son muy
escasos los autores que pueden (sobre)vivir de la escritura. Los artistas acaudalados, en cualquier disciplina, son la excepción que confirma esta triste regla. Casi todos nos dedicamos a otras labores
en paralelo porque, como todo hijo de vecino, tenemos facturas que pagar. En mi caso, tengo la suerte de que me encante la enseñanza, porque los
derechos combinados de mis cinco libros a la venta en este momento me deben
proporcionar algo así como cien euros al año.
Así pues, tras la odisea que supone publicar, la ingenuidad
y el entusiasmo de muchos de nosotros se ven empañados por la cruda realidad.
Asumimos, en algunos casos, la posibilidad de no llegar a vivir de nuestro
trabajo. Eso significa que los que disfrutan con nuestras historias tendrán que
esperar bastante más para leerlas porque apenas podemos dedicarles tiempo. También puede significar que algunas de estas historias no
lleguen jamás a materializarse por simple agotamiento del autor, que tiene que
hacer malabarismos y escribir robándole horas al sueño. Otros acabarán tirando
la toalla. Cuando alguien da mucho más de lo que recibe durante demasiado
tiempo, termina marchitándose en cuerpo y alma.
Digamos que, como la mayoría de los autores, yo escribo para
que me lean, y no para ganar dinero (aunque no estaría de más combinar ambas opciones). Hace
años que vengo poniendo a disposición del público muchos de mis escritos,
incluyendo populares artículos sobre cultura gótica o mi tesis sobre Tim Burton,
seiscientas páginas a las que dediqué más de tres años de mi vida. Todo está a aquíy, salvo alguna escasísima excepción,
nunca he ganado ni un céntimo por tantas horas de dedicación. No acaba de importarme porque yo misma me
beneficio de esas maravillosas instituciones
llamadas bibliotecas y otros materiales gratuitos.
Prefiero que me lean y perder dinero a que no me lean en
absoluto. Y digo “perder” en lugar de “no ganar” porque el mismo acto de
escribir supone una inversión importante, más allá del tiempo y el esfuerzo,
como puedan ser viajes o la adquisición de libros y otros materiales ligados a
la investigación y publicación.
Si una persona descarga una de mis novelas de forma ilegal,
desde luego que apenas me va a afectar a corto plazo, pero si vamos sumando una
tras otra, al final va a resultar en que mi editorial, independiente y
valiente, tendrá que cerrar sus puertas. Como tantas otras.
Mi postura frente a esta llamada piratería es, pues,
ambivalente. Por una parte, lo que más me interesa es que mis libros se lean y
se disfruten. No me tiro de los pelos cuando los descubro en otra página de
descargas ilegales, aunque no me haga ninguna gracia tampoco.
Por otra parte, no deja de resultar triste que haya tantos
lectores que no se paren a considerar que el autor y los profesionales que han
trabajado tan duro para que ellos puedan gozar de un producto bien hecho
merecen algo a cambio de sus desvelos. He visto incluso un blog que ofrece
descargas ilegales declarando que con ello “pretenden fomentar la literatura”.
¿En serio? ¿Negándoles una justa recompensa a los que la hacen posible? Curiosa
forma de agradecimiento.
Para bien o para mal, en estos momentos la cultura se apoya en una industria que precisa de mecenas. Cuando compramos un libro nos convertimos en ese "protector de las artes y las letras" que contribuye a que el autor y la
editorial puedan continuar proporcionándonos esas historias que tanto nos deleitan.
Como este devastador vídeo pone de manifiesto, el arte hace que la vida valga la pena ser vivida.
O eso leemos esta semana en los múltiples y variados artículos sobre el informe de la Federación de Gremios de Editores de España, según el cual las ventas de libros durante 2013 han descendido un 9,7%, mucho más que en nuestros vecinos europeos y, lo que es peor, acumulando una caída en los últimos diez años del 19%. El único que se salva, aparentemente, es el libro electrónico, que aumenta sus ventas un 8,1%, aunque su contribución a la facturación total sigue siendo prácticamente testimonial, apenas un 3,7%.
No voy a negar que las cifras son malas, que hay que ser muy iluso para no preocuparse por la situación estando dentro del sector y aspirando a poder seguir haciéndolo, pero me niego a contagiarme del discurso victimista de aquellos que, en teoría, nos representan. Este es un descenso en las ventas que también refleja la crisis generalizada que estamos viviendo en nuestro país, en la que comprar libros no es una prioridad para muchas familias que ahora tienen otras necesidades. Y sabiendo esto desde hace tiempo, quizá habría habido que plantearse reducir la producción y buscar sistemas de distribución más efectivos que permitieran bajar costes y precios. Pero no, llevamos años de publicación desmedida, inundando librerías con novedades que a veces ni salen de las cajas (tan solo en 2013 ha habido un descenso considerable del número de títulos publicados). En cuanto a los libros digitales, la piratería nos afecta, sin duda, pero ya basta de utilizarla como excusa-comodín. Que los lectores se hayan acostumbrado a conseguir el contenido gratis es en buena parte culpa de esta industria, que no supo ver la oportunidad sino solo la amenaza y así llegó tarde, mal y caro a la realidad digital. Y ahora se esconde detrás de su propio fracaso, pidiendo medidas legales, que difícilmente servirán y seguirán convirtiendo a nuestros lectores en enemigos, en lugar de buscar soluciones que se acerque a lo que estos piden.
Llegados a este punto, en el que ya estamos y que no es ni mucho menos propicio, creo que es necesario hacer un verdadero giro dentro del sector: innovar, mejorar, cambiar y, sobre todo, hacerlo como conjunto. Colaboraremos entre los distintos agentes y trabajemos juntos, como bien propone Aharon Quiconces en su blograzonamiento de un editor. Hay que pensar en otras estrategías y alianzas, como esta que nos cuenta Mariana Eguaras entre librerías y bibliotecas.
Como cuentan que el mismo Einstein llegó a decir: "Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados". Llevamos diez años de malos resultados, cambiemos la forma de hacer las cosas para que estos puedan ser distintos.
No por primera vez, una estupenda entrada de Manuel Gil en su blog @ntonomias libro, en la que habla sobre la absurda pretensión de bloquear geográficamente la venta de libros electrónicos, más absurda aún si cabe en el caso que él describe, en el que la editorial que ostenta los derechos ni siquiera publica el título (o títulos) en cuestión en los territorios en discordia, me sirve de inspiración para escribir aquí. La situación de la que Manuel Gil habla me ha hecho reflexionar sobre lo absurdo también de las dos corrientes de pensamiento contradictorias que a menudo me encuentro en referencia al libro digital.
Por una parte, existe un discurso (y una actitud) que tiende a equiparar el ebook al libro de papel coma por coma, intentando asimilar de forma más o menos burda los procesos que rigen al segundo, como la distribución, el reparto de beneficios, o incluso la producción, al primero. Se pretende que la distribución funcione igual, con el mismo planteamiento y estructura, los mismos márgenes, las mismas deficiencias. Intentamos que su paso por las bibliotecas siga exactamente el mismo patrón: si un libro de papel se estropea al cabo de veinte usos, yo solo admitiré veinte préstamos de mi libro digital, propusieron algunas editoriales. Se limitan los derechos de venta a determinados territorios, independientemente de que la distribución se pueda hacer con alcance mundial. O incluso, como ya he comentado en este mismo blog en otra ocasión, queremos abrir el mercado de segunda mano a un producto que no se desgasta con el uso y que puede copiarse infinitamente con la misma calidad que el original. Y no quiero decir con esto que los consumidores no tengan derecho a revender sus bibliotecas digitales, sino que las condiciones son distintas y es necesario encontrar un marco nuevo que las tenga en cuenta.
Y por la otra parte nos encontramos con una corriente negacionista, como yo la llamo, que afortunadamente cada vez sigue un menor número de gente aunque continúa teniendo algunos adeptos dentro del sector editorial, que afirma que el ebook no es un libro, nunca será un libro, ni se le parece ni puede ser considerado como tal.
En mi opinión, ambas posiciones son equivocadas (aunque una más que otra, me atrevería a decir) y corren el riesgo de hacernos perder la perspectiva de lo que el libro electrónico nos brinda: un nuevo formato en el que disfrutar del placer de la lectura y que además nos ofrece toda una nueva gama de posibilidades. Enriquecimiento de la experiencia de lectura, innovación narrativa, accesibilidad para las personas con discapacidades, distribución inmediata y universal, facilidad de acceso a otras lenguas y culturas... No las limitemos por ese intento de reducirlo a lo conocido, posiblemente derivado de nuestra propia resistencia a aceptar lo nuevo.
Hace unos días, en este mismo blog, escribía una entrada sobre mi interés como editorial digital por mantener la colaboración con las bibliotecas, con el título Evolución digital. Hoy me doy cuenta, tras una muy interesante y constructiva discusión en #ebookspain (inciso: para los que no lo conocéis aún y os interesa el tema, #ebookspain es un espacio de conversación que empezó en Twitter y luego se trasladó a Google+, donde no hay limitación de extensión y se pueden seguir los debates y los temas con facilidad sin necesidad de restringirnos a un horario concreto) sobre el supuesto plan de Amazon de abrir el mercado de la comercialización del contenido digital de segunda mano, de que la palabra “evolución” está mal elegida.
Parece que nos empeñamos (y aquí entono el mea culpa porque a veces también caigo en este error) en intentar adaptar (o hacer evolucionar) el mundo del libro del papel a la nueva realidad digital, cuando en realidad nuestro esfuerzo debería ir dirigido a establecer un marco totalmente nuevo. Sí, seguimos editando, distribuyendo, vendiendo y leyendo libros, pero en realidad se trata básicamente de contenido, y como tal, la forma de trabajo tradicional de la industria editorial no aplica.
Por ejemplo, enlazando con la discusión en #ebookspain que mencionaba, un mercado de segunda mano de cualquier producto parte de la premisa de que dicho producto pierde calidad con el uso o el tiempo y por tanto se devalúa pero, ¿qué pasa cuando lo que pretende venderse permanece inalterable y, además, no se vende realmente sino que se duplica?
El 59,1% de los españoles mayores 14 años lee en su tiempo libre y el 47,2% lo hace con una frecuencia diaria y semanal.
El 47,8% de los lectores leen en dos o más lenguas. Se incrementa el número de lectores que leen en las lenguas autonómicas en sus respectivas regiones.
La falta de tiempo sigue siendo la razón principal de los no lectores para explicar su falta de hábito lector. El 29,9% de los no lectores afirma que no le gusta o no le interesa.
El número de lectores de eBooks ya alcanza el 11,7% de los españoles mayores de 14 años y el 13,1% de los menores entre 10 y 13 años.
El porcentaje de entrevistados que poseen un eReader alcanza el 9,7%.
El 84,6% de los niños entre 10 y 13 años lee libros en su tiempo libre, de ellos el 77,2 lo hace diaria o semanalmente, porcentaje que se incrementa 2,1 puntos.
Bueno, este post, lo reconozco, es manipulación por mi parte, porque de las doce conclusiones que han destacado en la Federación de Gremios de Editores de España, como presentación de su Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros de 2012, (es un PDF), yo me he quedado con seis, para ser más exacto con las seis que más me gustan.
¿Qué he descartado? Lo relacionado con el perfil del lector, que básicamente es el de siempre, (mujer joven con estudios), los datos sobre piratería, la información sobre bibliotecas y la información sobre los títulos más leídos, ya que son los que todos vosotros esperáis, aunque en el caso de la literatura infantil y juvenil me llama la atención ver que no son precisamente novedades.
Me he quedado con lo que necesito para sacar dos o tres conclusiones muy sencillas. La primera que se lee, que se lee cada vez más y que quien no lo hace es básicamente por una razón fácilmente entendible: no le da la gana. A esto le sumaría que los niños leen muchísimo, así que el futuro está garantizado, si lo que queremos es lectores. Si lo que buscamos son compradores el debate es diferente, por supuesto.
La segunda conclusión es obvia, también: la literatura digital, con sus diferentes formatos y soportes avanza, como una lluvia fina, pero sin detenerse. Los que tenemos algún tipo de relación con este mundillo tenemos el reto de vender libros, por supuesto, pero, y esto es la mera opinión de quien esto firma, sin olvidar que los libros son para los lectores y que, aunque algunos datos sobre piratería, inflados, no cabe duda por los que manejan el sector, puedan parecer frustrantes, ninguna solución pasa por arremeter contra nuestros futuros compradores. Es difícil, por supuesto, pero es que si no, no sería un reto.
Dentro de poco hará un año que pusimos a la venta nuestro primer libro, Manuscrito en el tiempo, y muchas han sido las novedades en el ámbito de la edición digital en este tiempo. Han aparecido nuevos modelos de lectores electrónicos, incluso uno tan barato que es difícil de creer (y que aún no ha llegado al mercado), se ha confirmado el crecimiento del uso de las tabletas frente a la tinta electrónica, han surgido nuevas plataformas de edición y distribución (como la de nuestros amigos de byeink) y también nuevos proyectos editoriales. Sin embargo, tengo la impresión de que los modelos de venta de ebooks han evolucionado poco, o no tanto.
Hace un par de días leía una entrada en el blog Ríos de tinta electrónica, y coincido con ella en que hay otros modelos posibles para la comercialización y distribución del libro electrónico que me gustaría que estuviesen más desarrollados. Me frustra especialmente el tema del préstamo en bibliotecas. Yo sí creo que hay lugar para los ebooks en las bibliotecas y que tiene sentido que estén dentro de sus colecciones. Precisamente estos facilitan enormemente la labor de préstamo de estas instituciones, que a su vez tendrán que satisfacer las demandas de un público cada vez más “digital”. En todo caso, las bibliotecas son los centros en los que se acumula la palabra escrita, donde se clasifica, conserva y se pone a disposición de todo aquel que quiera leerla, y como editora no tengo más opción que querer que los libros que publico estén en ellas. No puedo verlo como un modelo de negocio, es simplemente una cuestión de coherencia. Pero aún sigo buscando la manera y es que en esto, como en muchas otras cosas, el tamaño (de la editorial) sí importa.
Para Todos La 2 - Debate: Bibliotecas en la era digital
No cabe duda de que corren vientos de cambio, y que la marea digital es imparable. Los libros ya no (siempre) requieren de un soporte físico y escritores y editoriales empezamos a movernos de otra manera. Lo mismo pasa con las bibliotecas, que podrían llegar, quizás, a quedarse sin "materia prima" con la que "rellenar" sus estanterías.
En este debate que emitieron en La 2 de TVE tomaron parte Iolanda Bethencourt, editora, Javier Leiva, formador y consultor, y Fernando Juárez, Director de la Biblioteca de Muskiz, en Bizkaia, con el que tuvimos la oportunidad de charlar cuando estuvimos en LiburuTEKia.
La foto que podéis ver ilustrando este post, apareció en Facebook. Es una de esas imágenes que aparece de repente en una red social y que mucha gente comparte y retuitea compulsivamente sin preguntarse mucho ni qué es ni de donde viene.
Pensando que podía haber una pequeña historia detrás seguí el hilo, saltando de Facebook a un blog, y de ahí a otro, hasta llegar a la fuente original: Little Free Library, una iniciativa que tiene tres objetivos: construir más de 2.000 pequeñas bibliotecas libres a lo largo y ancho de todo el mundo, promover el amor por la lectura, y el espíritu comunitario (sí, esto es un pelín norteamericano).
En todo caso me ha parecido una idea muy chula. Como véis se trata de difundir el uso de unas pequeñas vitrinas (se asemejan a casitas de pájaros) en las que caben un puñado de libros para que puedan ser leídos por los vecinos del barrio, ya que los interesados en este proyecto lo que harían es plantar la biblioteca en su jardín, a la puerta de su casa, o donde estimen oportuno. Tienes la opción de encargar una librería lista para usar o de construir una con tus manitas.
Sin más, solo me queda daros la bienvenida a este blog, como ya hizo la semana pasada nuestra editora, Amalia López. Estáis invitados a participar.