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jueves, 5 de mayo de 2016

Día Internacional contra el DRM

 
Este pasado martes 3 de mayo se celebró el Día Internacional contra el DRM. Aunque es un tema que, en mi opinión, sigue vigente, también tengo que admitir que el día pasó un poco sin pena ni gloria y quiero creer que es porque cada vez tiene menos sentido. No el oponerse al DRM, sino el DRM en sí mismo.

Para empezar, porque sigue aumentando el número de editoriales que prescinden de estos sistemas de protección de los derechos de autor, que en realidad penalizan precisamente a los lectores que ya de por sí los respetan. En el artículo que se publicaba ayer en Dosdoce.com para conmemorar el día, incluyen una lista de editoriales iberoamericanas que no usan DRM, o al menos el denominado duro*, en la que aparece sinerrata y a la que añado a 2709 books, Chidori Books y fata libelli. Por cierto, que con estas tres pequeñas pero maravillosas editoriales mantenemos una estupenda relación, si queréis saber algo más de ellas os recomendamos esta entrada que Javi de Ríos escribió aquí mismo en el blog.

Ya lo hemos explicado en otras ocasiones así que no creo que sea necesario repetir de nuevo por qué nosotros no usamos ningún tipo de DRM. Prefiero entonces dedicar mi especial homenaje contra el DRM a desear que este sea el último año que tenga que celebrarse este día internacional. Sería estupendo si además se conseguiera unificar los distintos formatos del libro electrónico, de forma que compres donde compres el libro sea siempre tuyo y legible en el dispositivo de tu elección en cada momento, pero igual ya estoy pidiendo demasiado.

* Mariana Eguaras nos deja en su blog un artículo muy clarificador sobre los diferentes tipos de DRM. 

jueves, 15 de octubre de 2015

Mercado digital europeo

Este año, por diversos motivos que ahora no vienen a cuento, no he podido asistir a Liber. Tras leer las crónicas de Manuel Gil y Bernat Ruiz, me quedo con la sensación de que no me he perdido demasiado, pero lo cierto es que me hubiera gustado ver amigos y colegas (o amigos-colegas) y haber escuchado alguna que otra charla que prometía ser interesante. Una de ellas es una mesa redonda sobre el impacto del mercado único digital europeo en el modelo de negocio del sector editorial, de la que hacen una previa en la web cultural Dosdoce.com

Puede sonar contradictorio, por innecesario, que en un escenario digital en el que todo parece estar a nuestro alcance, la Unión Europea se plantee tomar una serie de medidas para potenciar un mercado digital europeo. Al fin y al cabo, a golpe de click podemos comprar casi cualquier cosa de cualquier parte del planeta, ¿o no? Sí y no, o sí pero con limitaciones, ya que hay una serie de aspectos que no nos lo pone tan fácil o que hace que nuestros derechos como consumidores no sean respetados de la misma manera que en el mercado físico, ya regulado en ese sentido desde hace tiempo.

Obviamente, este proyecto de la Comisión Europea tiene en su punto de mira todo el ámbito del mercado digital e incluye todo tipo de bienes y servicios, pero dejadme que arrime el ascua a mi sardina y me centre en la parte que le toca al libro electrónico. Desde mi punto de vista, los aspectos específicos que habría que considerar en cuanto a los libros digitales son los siguientes (la lista no pretende ser exhaustiva y el orden es absolutamente arbitrario):

  • Copyright. En un ámbito más general, no solo en el digital, sería interesante unificar la legislación en cuanto a los derechos de autor en todos los países europeos, de forma que todos los editores nos ubiquemos en un mismo marco legal.
  • DRM. Aunque parece que los sistemas de protección de los libros electrónicos van derivando hacia versiones menos rígidas y más amables para los usuarios-lectores, en mi opinión es imprescindible renunciar de forma global a cualquier método que limite el uso de los ebooks por quienes los compran.
  • Formatos. El uso generalizado de un formato estándar y abierto para los libros digitales es el camino a seguir en este mercado común. Considero fundamental que cualquier ebook comprado en cualquier tienda digital pueda ser leído en cualquier aplicación y dispositivo.
  • Impuestos. No me voy a repetir ahora con la necesidad de igualar el IVA de los libros digitales a los impresos, pero además, este impuesto debería ser el mismo en todos los países y así nos evitaríamos fugas de impuestos y competencias no del todo leales.
  • Bloqueo geográfico. En un mercado global como el digital cada vez tiene menos sentido la limitación geográfica en los contratos de cesión de derechos de autor, que tanto editores como autores y agentes literarios deberíamos trabajar para eliminar definitivamente.
Al margen de estas peculiaridades, me gustaría añadir un factor que no por más generalista es menos importante: el acceso a internet de calidad y a precio razonable. Si queremos un mercado digital funcional y exitoso necesitamos que el público en general pueda acceder a él de forma lo más fácil posible.

Todo esto sería un gran empuje para la Unión Europea, sus empresas digitales y sus ciudadanos, pero además, volviendo a nuestro sector, creo que podría proporcionar una posición de ventaja a los editores frente a las plataformas digitales con un ecosistema cerrado al unificar formatos, impuestos, condiciones, etc.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Las bibliotecas del futuro: demasiadas incógnitas

Me encantaría dedicar un artículo a hacer vaticinios, a aportar algo de claridad sobre cuál puede ser el futuro de las bibliotecas. Pero me temo que como casi todo el mundo, no tengo más que dudas. A esta sensación hay que sumar una endeble certeza: la de que las decisiones que se tomen "desde arriba" pueden hacer que, digitales o no, las bibliotecas del futuro mantengan más o menos su propósito actual, que no lo hagan, o que desaparezcan. Estoy pensando, reconozco, más en las bibliotecas de ciudades y barrios, que en las de las universidades, institutos tecnológicos u otros centros del saber, de cuyo futuro no tengo dudas. La primera pregunta que me hago es si hay gente interesada en fulminar el modelo actual, las bibliotecas de barrio tal y como las conocemos, basado en el préstamo de libros en papel. El nuevo canon a las bibliotecas públicas, que al parecer no apoya casi nadie, supone, de facto, que las bibliotecas tengan que pagar dos veces por cada libro, al adquirirlo, y esta tasa, que sería mayor cuantos más socios tenga la biblioteca. Bueno, un inciso, algunos como CEDRO no lo apoyan simple y llanamente porque pensaban sacar una mayor tajada de este asunto. Yo considero que es una de esas medidas pan-para-hoy-hambre-para-mañana.

La segunda pregunta se la hace mucha gente: ¿las bibliotecas del futuro serán digitales? En este caso pienso que es una pregunta innnecesaria. La realidad, las necesidades, (y me temo que las decisiones arbitrarias de unos y otros), irán marcando el ritmo de esta hipotética transformación. Si he de mojarme diría que en las bibliotecas "normales", que se nutren de todo tipo de libros, el cambio será lento, con predominio del papel durante muchos años, y la introducción paulatina de las nuevas tecnologías. Mientras que en las librería universitarias, que se nutren de libro técnico, creo, intuyo, que la transformación se irá acelerando, y que se tenderá a trabajar en red, a compartir materiales y conocimiento, y a que haya más espacio para la consulta y el estudio, y menos para el papel. Estos días ha circulado por la red la noticia de la inauguración de una biblioteca (técnica) sin libros. Se ha dicho que es la primera, cuando no lo es, y se ha jugado al despiste con la redacción de las noticias, ya que en algunos casos daba la impresión de que el hecho de que no tuviera libros de debía a un error de Calatrava, que bueno, no es que piense demasiado en los usuarios de los edificios que diseña, pero no creo que llegue hasta ese punto.

No acaban aquí ni las noticias, ni las preguntas. En Xataka nos cuentan una polémica que llega desde Alemania. El Tribunal Europeo de Justicia ha dictaminado que las bibliotecas podrán digitalizar obras sin el permiso de los editores; eso sí, remiten al cumplimiento de las legislaciones locales. Aunque la polémica, aclara el artículo de Xataka, estriba más en el hipotético derecho de copia que en el de consulta: ¿puedes llevarte toda la obra en un pendrive?, ¿puedes imprimirla? Simplemente hay cosas que están pendientes de ser reguladas, como en su momento se reguló qué porcentaje de un libro en papel puedes fotocopiar (ignoro cómo está ahora mismo ese tema).

La cuarta y última pregunta es para mí la más importante. De acuerdo, las bibliotecas van a ser, al menos en parte, digitales, ¿cómo regulamos el derecho a lectura o consulta? En Diario Turing nos hablan de EBiblio, la plataforma que va a gestionar el préstamo de e-books en España. Nos cuentan que va a haber dispositivos que se van a quedar fuera, los Kindle de Amazon, por incompatibilidad del DRM. Nos cuentan que la gestión de la plataforma recae en Libranda, (era bastante previsible). Y sobre todo nos cuentan que hablamos tan solo de 200.000 licencias pagadas, y de 1.500 títulos a disposición de los lectores en formato e-book. El número de libros está claro que es pequeño, y el de las licencias también lo es, si nos paramos a analizar que tienen limitaciones de diversos tipos (20 meses de duración o 28 lecturas cada una de ellas). Yo entiendo que las plataformas y las editoriales busquen rentabilizar su trabajo, en ello estamos todos, pero creo que poner en marcha un sistema de bibliotecas públicas, y que la primera piedra sea cómo rentabilizamos cada lectura, me parece que ya de entrada lastra todo el modelo y el desarrollo, y que nos llevará a un servicio muy deficiente, o a unos costes para mejorar el sistema inasumibles por las administraciones. De nuevo, como en la primera pregunta, pan-para-hoy-hambre-para-mañana.

jueves, 11 de septiembre de 2014

La piratería (desde el punto de vista de un autor)


Cuando pagar por la cultura es asegurarse de que se continúa produciendo

Voy apenas a abordar un tema tan espinoso como complejo. Levanta ampollas y afecta a obras de distintos tipos (música, literatura, cine, programas informáticos, videojuegos, programas audiovisuales), pero aquí me voy a centrar sobre todo en mi (limitada) perspectiva y experiencia personal como escritora. No pretendo hablar por todos los artistas y profesionales ligados a las industrias mencionadas. Aunque no lo parezca, estoy tratando de ser breve.

Uno de los temas que mis alumnos de bachillerato tenían que considerar era la piratería. Ni ellos ni yo misma nos habíamos parado a considerar todas las implicaciones. La mayoría no creía que bajarse una canción o una película de Internet, algo tan habitual, supusiera un problema y reaccionaban de las formas más graciosas cuando empezaban a darse cuenta de por qué suponía un delito. Muchos de nosotros actuamos por mera ignorancia y hemos creado una cultura de no pagar por la cultura, inconscientes de las consecuencias fatales que eso acarrea.

El mes pasado me hicieron partícipe, a través de Facebook, de la lucha de una serie de autores cuyas obras (las mías incluidas) se estaban vendiendo a través de una página no autorizada. Una de las escritoras apuntaba además que el precio de venta que le habían puesto esos piratas a su novela era superior al precio por el que estaba disponible de forma legal en Amazon.


Según la UNESCO, la piratería consistía tradicionalmente en la reproducción y distribución no autorizadas, a escala comercial o con propósitos comerciales, de ejemplares físicos de obras protegidas. No obstante, el rápido desarrollo de Internet y la utilización masiva en línea, no autorizada, de contenidos protegidos, en la que con frecuencia no existe el elemento “comercial”, han suscitado un intenso debate. La cuestión acerca de si dicho uso es un acto de “piratería” y si se debe abordar de la misma manera que la piratería tradicional, constituye el eje del debate actual sobre el derecho de autor. Están surgiendo distintos puntos de vista, a menudo divergentes, y las respuestas a la cuestión difieren de un país a otro.

Hay quien se resiste con toda razón al término "piratería" porque resulta discutible que “te roben algo”. Si alguien me roba la cartera, me quedo sin ella, lo que no ocurre si alguien se descarga mis libros de forma ilegal. Tampoco quiere decir que haya perdido una venta, pues esa persona puede que jamás hubiera pagado por mi novela. Sinerrata, además, se separa de aquellas estrategias editoriales que pretenden combatir este fenómeno con sistemas de protección (de muy dudosa eficacia) que criminalizan al usuario con el empleo de DRM, por poner un ejemplo. 

En busca del mecenas perdido

El lector medio desconoce la cantidad de trabajo que se encuentra detrás de un libro. Yo tampoco lo sospechaba antes de empezar publicar. Para el escritor, se trata de meses de dedicación (dos-tres años largos por novela, en mi caso). A eso se le añade la labor del editor, correctores varios, portadista, maquetador… En este magnífico artículo, el escritor Javier Pellicer lo explica muy bien. Este es un trabajo que existe con independencia de que se trate de un libro en papel o en formato digital. Puedo asegurar que sinerrata, la editorial que ha publicado tres de mis novelas, se ha esforzado al máximo para proporcionar libros electrónicos cuidados en extremo y a un precio más que razonable.

¿Es una cuestión de precio? Mis novelas se venden a menos de cinco euros. Como lectora, diría que es un precio más que ajustado por las horas de entretenimiento que proporcionan. Me alegra mucho que el catálogo de sinerrata se ofrezca de forma gratuita a través de la plataforma 24symbols, de modo que quien desee leerlo no se encuentra en posesión de una excusa válida para delinquir. Como señalaba, muchos de nosotros actuamos por puro desconocimiento. No creo que el lector medio tenga conciencia de lo que supone descargar ilegalmente un libro en lugar de comprarlo, de la bofetada que le dan al autor y a los profesionales de la editorial que lo publica. “Tu producto me resulta atractivo, pero no lo respeto lo suficiente para estar dispuesto a pagar por él”.

Este tema me recuerda la vieja asunción de que el artista trabaja gratis. Hace unos años me invitaron a participar en un programa de la extinta televisión valenciana. Iban a tratar el miedo y, al parecer, la autoría del análisis cinematográfico de Freaks/La parada de los monstruos me acreditaba como experta. Como las fechas coincidían con mi estancia en Valencia por vacaciones, acepté. En ningún momento se mencionó compensación económica alguna por mi tiempo ni la preparación necesaria. Recuerdo que en aquel momento pensé con cierta indignación que seguro que Belén Esteban no realizaba apariciones televisivas gratuitas. Lo mismo volvió a ocurrir más adelante con mi participación en programas radiofónicos y espero haber aprendido la lección. Como la chica de la ilustración, yo tampoco necesito publicidad, muchas gracias.


Sospecho que el público en general piensa que los escritores ganamos dinero a espuertas. La triste realidad es que, ahora y siempre, son muy escasos los autores que pueden (sobre)vivir de la escritura. Los artistas acaudalados, en cualquier disciplina, son la excepción que confirma esta triste regla. Casi todos nos dedicamos a otras labores en paralelo porque, como todo hijo de vecino, tenemos facturas que pagar. En mi caso, tengo la suerte de que me encante la enseñanza, porque los derechos combinados de mis cinco libros a la venta en este momento me deben proporcionar algo así como cien euros al año.

Así pues, tras la odisea que supone publicar, la ingenuidad y el entusiasmo de muchos de nosotros se ven empañados por la cruda realidad. Asumimos, en algunos casos, la posibilidad de no llegar a vivir de nuestro trabajo. Eso significa que los que disfrutan con nuestras historias tendrán que esperar bastante más para leerlas porque apenas podemos dedicarles tiempo. También puede significar que algunas de estas historias no lleguen jamás a materializarse por simple agotamiento del autor, que tiene que hacer malabarismos y escribir robándole horas al sueño. Otros acabarán tirando la toalla. Cuando alguien da mucho más de lo que recibe durante demasiado tiempo, termina marchitándose en cuerpo y alma.

Digamos que, como la mayoría de los autores, yo escribo para que me lean, y no para ganar dinero (aunque no estaría de más combinar ambas opciones). Hace años que vengo poniendo a disposición del público muchos de mis escritos, incluyendo populares artículos sobre cultura gótica o mi tesis sobre Tim Burton, seiscientas páginas a las que dediqué más de tres años de mi vida. Todo está a aquí y, salvo alguna escasísima excepción, nunca he ganado ni un céntimo por tantas horas de dedicación. No acaba de importarme porque yo misma me beneficio de esas maravillosas instituciones llamadas bibliotecas y otros materiales gratuitos.

Prefiero que me lean y perder dinero a que no me lean en absoluto. Y digo “perder” en lugar de “no ganar” porque el mismo acto de escribir supone una inversión importante, más allá del tiempo y el esfuerzo, como puedan ser viajes o la adquisición de libros y otros materiales ligados a la investigación y publicación.

Si una persona descarga una de mis novelas de forma ilegal, desde luego que apenas me va a afectar a corto plazo, pero si vamos sumando una tras otra, al final va a resultar en que mi editorial, independiente y valiente, tendrá que cerrar sus puertas. Como tantas otras.

Mi postura frente a esta llamada piratería es, pues, ambivalente. Por una parte, lo que más me interesa es que mis libros se lean y se disfruten. No me tiro de los pelos cuando los descubro en otra página de descargas ilegales, aunque no me haga ninguna gracia tampoco.

Por otra parte, no deja de resultar triste que haya tantos lectores que no se paren a considerar que el autor y los profesionales que han trabajado tan duro para que ellos puedan gozar de un producto bien hecho merecen algo a cambio de sus desvelos. He visto incluso un blog que ofrece descargas ilegales declarando que con ello “pretenden fomentar la literatura”. ¿En serio? ¿Negándoles una justa recompensa a los que la hacen posible? Curiosa forma de agradecimiento.

Para bien o para mal, en estos momentos la cultura se apoya en una industria que precisa de mecenas. Cuando compramos un libro nos convertimos en ese "protector de las artes y las letras" que contribuye a que el autor y la editorial puedan continuar proporcionándonos esas historias que tanto nos deleitan.


Como este devastador vídeo pone de manifiesto, el arte hace que la vida valga la pena ser vivida.



jueves, 21 de agosto de 2014

Serpiente de verano


La noticia editorial del verano, al menos en el mundo anglosajón y particularmente en Estados Unidos, está siendo la pelea entre Amazon y Hachette. En realidad, más que una serpiente de verano, yo diría que es un culebrón, puesto que algunas de las replicas por ambos bandos parecen más las de un amante despechado que una discusión seria sobre una diferencia de pareceres.

Haciendo un breve y simplificado resumen, Amazon y Hachette tienen un desencuentro sobre las condiciones de su acuerdo comercial, el primero presiona a la editorial dificultando el acceso de los lectores/compradores a sus libros en su supertienda, los autores de Hachette protestan públicamente y Amazon se defiende primero intentando “comprar” a estos autores (ofreciéndoles el 100% de los derechos de autor, que, para empezar, son en parte de Hachette) y más tarde atacando la política de precios de la editorial  (y el reparto de beneficios con los autores, así, de paso). En la siguiente fase de la discusión, un grupo de novecientos autores americanos publica una carta abierta denunciando la agresiva estrategia del gigante de las ventas online y esta vez la respuesta de Amazon resulta ser un poco más pasional: sigue criticando duramente los altos precios que las editoriales ponen a sus libros electrónicos y pide a lectores y autores que escriban directamente al director general de Hachette para solicitar su bajada. Además, en su argumentación utiliza unos más que cuestionables cálculos matemáticos y una cita de George Orwell traída de contexto.

A este lado del Atlántico se sigue la pelea con más atención que comentarios, aunque ha habido quien se ha pronunciado, con argumentos razonables, en una dirección u otra. Yo en este caso coincido más con José Luís Merino que con Enrique Dans, aunque, como decía, encuentro afinidad en ambos razonamientos, pero lo que sí tengo claro es que Amazon no es quien para decidir el precio de ningún producto, sino que este debe estar en manos de quien lo produce y, en última instancia, del consumidor, que lo comprará o no según le parezca bueno (o no). En esta ocasión Amazon juega con la apariencia de estar del lado de los consumidores pero, no nos engañemos, solo está de su propio lado y defiende su propia estrategia comercial y sus beneficios (y esto no es una crítica, es una empresa y es eso lo que debe hacer).

En mi opinión, lo que se juega aquí es la futura hegemonía del gigante en el mercado y esto es lo que me parece realmente peligroso, si se confirma, para editoriales, autores y lectores, si le damos la autoridad como amo del negocio para decidir por nosotros. Afortunadamente, hay otras plataformas de venta de ebooks que aún buscando dar el mejor servicio y precio a los lectores hablan de tú a tú con los editores y también trabajan con y por ellos.

jueves, 20 de marzo de 2014

Que cada uno lea lo que quiera


Gracias a Twitter, y a @PLCAndalucia, que fue la cuenta que lo tuiteó ayer por la mañana, recuperé este fantástico póster del escritor Daniel Pennac, ilustrado por Quentin Blake y producido por la editorial francesa Gallimard. Me parecen muy pertinentes todos y cada uno de los derechos que se exponen en él, y me gusta recordarlos de vez en cuando porque algunos de ellos suelen ignorarse o machacarse repetitivamente, muchas veces por los mismos que deberíamos estar defendiéndolos a capa y espada.

Para empezar, habría que tener bien presente cuál es la prioridad para todos aquellos que nos dedicamos de una forma u otra a la palabra escrita, y esta debería ser, al menos en mi opinión, la lectura. Partiendo de esta premisa todo lo demás cae por su propio peso: da igual cómo, dónde, cuándo y qué, lo que importa es que se lea. Y que se disfrute, de ahí la obligación final: si forzamos esta actividad es probable que perdamos a un futuro lector.

Los editores, y también los críticos, tenemos tendencia a decir qué es lo que hay que leer y qué no, qué es Lectura y qué no merece ese calificativo. Pero yo siempre he creído que leer está por encima de opiniones, tendencias o dogmas. Cada cual que lea lo que quiera, pero que lea.