No es la primera vez que hablamos de esto y probablemente no será la última, el asunto de la equiparación del IVA que se aplica a los libros de papel, reducido del 4%, al IVA de los libros digitales, el normal del 21%, más que un asunto fiscal parece un culebrón analógico.
Si a finales del año pasado, en esta entrada de Javi de Ríos, nos congratulábamos con lo que parecía el fin de un sinsentido (que los libros electrónicos tributen a un tipo más alto, basándose en una diferencia de formato, no de contenido, que es exactamente igual de cultural que el del libro impreso), solo unos meses más tarde el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, en un alarde de modernidad y de estar a la altura de los tiempos que corren, sentenció que los ebooks, porque se comercializan sin un soporte físico sino de forma electrónica, se consideran servicios y por tanto no pueden beneficiarse de un IVA reducido. Ahí queda eso, una lógica aplastante, ¿verdad?
Afortunadamente, en mi opinión, los eurodiputados (o al menos algunos) tienen una mente más abierta y, sobre todo, más al día, y votaron por mayoría este mismo mes en la Eurocámara una propuesta para igualar, a la baja, el IVA de los dos formatos. Pero con este historial, cuando leí la noticia me guardé mucho de cantar victoria aún y, efectivamente, apenas esta semana conocemos que los titulares de economía y finanzas de la Unión Europea no han sido capaces de llegar a un acuerdo para esta equiparación, por vaya usted a saber qué motivos.
Cualquiera diría que estamos hablando de perdonar la deuda de los bancos o de amnistiar fiscalmente a defraudadores millonarios, temas controvertidos y sin duda generadores de conflictos morales entre los que nos gobiernan y regulan. Pero no, simplemente es una cuestión de tratar fiscalmente con el mismo criterio a un mismo contenido que se comercializa en formatos diferentes. O eso me parece a mí, claro
Tengo que admitir que, a menudo, los discursos en defensa de la cultura (como negocio), normalmente por miembros del propio sector, me dan cierta pereza. Probablemente esté influenciada por ciertos prejuicios, pero he escuchado ya demasiados que básicamente se fundamentan en la queja y el lloro por lo mal que están las cosas para sus respectivos negocios (editoriales, librerías, cines, teatros…) y piden ayuda institucional en forma de ventajas fiscales y, la palabra mágica en nuestro país, subvenciones. Ojo, que no estoy diciendo que esto no pueda tener su utilidad, pero dudo, y mucho, que sean parte relevante de la solución. Por ejemplo, si una editorial no es rentable, da igual cuántas subvenciones reciba que seguirá sin serlo, aunque sin duda se prolongará su vida artificialmente mientras estas continúen. (En el caso contrario, me consta que hay determinadas obras de gran valor que nunca verían la luz si no fuera por contar con alguna ayuda, a la edición o a la traducción, porque su potencial comercial no lo permitiría.) En el caso concreto del libro electrónico, ya me habréis oído (o leído) pedir su equiparación con el impreso a nivel de IVA, pero en mi caso porque me parece no solo una injusticia que sea tratado de forma diferente tributariamente sino porque además creo que esa diferenciación contribuye a la impresión de que el ebook es un libro de segunda (si acaso es un libro); sin embargo nunca se me ocurrirá decir que por culpa de ese 21% la edición digital no arranca o mi editorial no sobrevive.
Es por eso que cuando leí esta entrada en el blog Viajero a Ítaca, me sentí totalmente identificada con el mensaje: defender la cultura como profesión digna y económicamente rentable. Creo que el caso de los creadores (escritores, artistas, intérpretes) es el peor, pero es común que los profesionales de la cultura en general, sea en el ámbito que sea, se consideren seres peculiares que trabajan por amor al arte y tiene derecho a cobrar algo por su trabajo pero no tanto a vivir de ello (exceptuando los grandes genios en cada disciplina, claro). Y es una vida dura, porque por muy vocacional que sea, es agotador luchar por el siguiente contrato, vender el siguiente cuadro, dar a conocer la siguiente novela…
Yo, como el viajero, también sueño con ayuda institucional, pero esa que promueve la lectura, las visitas a museos, al cine, al teatro… y dignifica a todos los que se dedican o quieren dedicarse a que todos seamos un poco más ricos, un poco más cultos.
Desde que el ebook empezó a ser una realidad en el mundo editorial, y en el de los lectores, aunque por aquel entonces en muchos de los medios y blogs especializados, y no tan especializados, todo esto de lo digital era en el mejor de los casos un futuro lejano y en el peor, mera ciencia ficción, me desayuno, como, meriendo y ceno con todo tipo de artículos tremendistas que, o bien anuncian el fin de todo lo escrito y escribible, o denuncian el daño irreparable que el ebook hace a todos los que vivimos y amamos al libro y todo lo que lo rodea. Vale, igual estoy exagerando un poco, pero estoy algo cansada (y algo es un eufemismo) de tanto drama y tanta acusación muchas veces con dudoso fundamento.
Se me ha ocurrido entonces hacer una relación no exhaustiva ni ordenada de los titulares que me gustaría leer sobre el libro electrónico, en lugar de los que me sigo encontrando día sí y día también:
El libro de papel y el digital seguirán vivitos y coleando.
Las ventas de libros, sumando todos los formatos, siguen aumentando otro año más.
Los préstamos en las bibliotecas, ya sean en formato impreso o en digital, siguen en aumento.
Los editores se focalizan en encontrar nuevos y buenos textos y publicarlos en todos los formatos.
La lectura, sea en el formato que sea, nos hace más libres, más imaginativos y más inteligentes.
Los lectores afirman que cuando tienen mayor libertad de elegir el formato y modo de lectura, leen más.
El libro digital consigue llevar la literatura y el aprendizaje a todas las escuelas, universidades y lectores del globo.
Y que conste que esto que escribo no es estrictamente un alegato a favor del libro digital ni mucho menos en contra del de papel, sino un modesto pataleo ante esa guerra artificiosa, inútil y en mi opinión hasta dañina entre ambos formatos.
Ayer me encontraba con este breve en la web sobre libros y lectores electrónicos Todo eReaders, en el que se comenta y opina sobre unas declaraciones de Jeff Bezos, el mandamás de Amazon, acerca del precio de los libros. Dice Bezos que los libros en general y los ebooks en particular son caros y que si los editores quieren competir con otras formas de entretenimiento, como los juegos o las redes sociales o la televisión, tienen que poner precios más bajos. (He estado buscando la entrevista original a Bezos para poder valorar mejor sus afirmaciones y os dejo aquí este artículo en la web Venture Beat donde se mencionan, por si os interesa [en inglés]).
Es, en mi opinión, innegable que hay algo de cierto en esa aseveración. Hoy en día, la lectura compite con variadas formas de entretenimiento y los editores, entre otros actores, debemos pelear con todas nuestras armas para que siga siendo una de ellas. Y el precio es una herramienta nada desdeñable para conseguirlo. Pero, ¿es la única? O, yendo un poco más allá en mi reflexión, ¿es realmente el precio de los libros lo que relega la lectura a un segundo plano por detrás del Candy Crash, Facebook o Netflix, como se afirma en la entrada de Todo eReaders? Sinceramente, yo opino que no.
Para empezar, siempre ha habido y sigue habiendo opciones gratuitas para leer; estoy hablando de las bibliotecas, por supuesto, que ya ofrecen libros electrónicos. En el caso particular de los ebooks, también se pueden conseguir gratis o muy baratos, gracias, por ejemplo, a las ofertas de algunos puntos de venta. Además, tenemos a nuestra disposición varios servicios de lectura digital por suscripción, al estilo Netflix y a precios similares, como Nubico, 24symbols, skoobe, readify o scribd. Y no me vale el argumento de que para leer en digital hace falta comprarse un dispositivo que también es caro, porque se puede usar para ello el mismo aparato en el que se está jugando.
Lo que yo creo es que leer, por regla general, supone una actitud quizá más activa que estar sentado delante de una pantalla, es decir, que puede requerir de un mayor esfuerzo (escribo esta frase con muchísima precaución porque ni me refiero ni quiero entrar en el debate “intelectual”, menos aún cuando la participación en las redes sociales implica, entre otras cosas, leer), y que estamos fracasando garrafalmente en la promoción de la lectura, como sociedad. Hay muchas cosas que hacer a este respecto, entre otras trabajar para que el acceso a la lectura sea lo más fácil posible, lo que incluye por supuesto precios asequibles, pero no solo. Identificar el descenso en los índices de lectura con precios altos creo que nos impide ver el problema en toda su dimensión y además solo favorece a los agentes que pretenden simplemente mercantilizarla.
Este es un tema, el de la diversidad en general, que surge periódica y recurrentemente en los medios de comunicación en relación a todo tipo de sectores; señal inequívoca, en mi opinión, de que sigue sin solucionarse a pesar de todos los avances que nos han traído hasta el siglo XXI. Precisamente en estos días podemos encontrar la noticia de actores y directores afroamericanos boicoteando los Óscars por su nula representación en los mismos, por segundo año consecutivo. O, en cuestión de género, en la que no están mucho mejor, tenemos relativamente recientes las declaraciones de algunas actrices protestando por un trato diferenciado. En cualquier caso, como decía al principio de mi parrafada, esta situación se repite allá donde miremos, independientemente del sector y, tristemente, también del factor de desigualdad (color de piel, género, orientación sexual, discapacidad).
Pero entrando un poco más en la industria que nos ocupa, la editorial, esta semana he encontrado esta interesante infografía sobre la diversidad en el ramo editorial en Norteamérica en 2015 [artículo original en inglés]:
No he podido encontrar nada parecido en nuestro país pero me atrevería a decir que la situación no es muy distinta. En mi experiencia, el mundo editorial está habitado por una alta proporción de mujeres en todo tipo de puestos intermedios: editoras, redactoras, correctoras, traductoras, vendedoras, promotoras. A pesar de ello, y de que también son más las mujeres que leen que los hombres (en España, de los que se declaran lectores, el 66,5% son mujeres frente al 57,6% de hombres, según la encuesta de hábitos culturales 2014-2015), y razonablemente son también más las mujeres que reseñan que los hombres, los puestos directivos está mayoritariamente ocupados por hombres. Ay, qué habremos hecho para no saber dirigirnos a nosotras mismas, me pregunto.
Como último comentario, tampoco he sido capaz de encontrar estadísiticas sobre la proporción de escritores por género (masculino o fémenino, quiero decir), pero también en mi experiencia (y ya sé que esto no es un dato científico) diría que la proporción puede estar más o menos igualada, pero desde que empezaron a otorgarse los premios Nobel de Literatura en 1901 solo ha habido 14 galardonadas. Y no parece que este sea el único premio que deja fuera a las autoras, como el polémico caso bien reciente del Salón del Cómic de Angoulême.
La semana pasada, el Tribunal de Justicia de la Unión Europeadictaminó que el IVA reducido del que se benefician en varios países, como España, los libros impresos no puede aplicarse a los libros digitales puesto que estos no son un producto sino un servicio (aquí podéis leer la sentencia [en inglés]). Contrariamente a lo que he podido leer en algún blog, el motivo que esgrime el tribunal para establecer esta distinción no se fundamenta en que los ebooks, debido a los sistemas de protección y/o comercialización de las plataformas, no proporcionan a los consumidores los mismos derechos que los libros de papel, sino porque consideran que todo lo que se distribuye y entrega a través de internet o una red electrónica es un servicio.
Lo que más me ha llamado la atención es que refuerzan la decisión utilizando el argumento del soporte, claramente físico para el papel e intangible para el digital, lo que igual tuvo sentido en algún momento del pasado pero hoy en día me resulta completamente absurdo. Es verdad, el libro electrónico es un archivo y no un objeto pero, ¿es un libro menos libro porque lo guardo en mi ordenador o mi lector electrónico en vez de en la estantería? ¿Cuándo leo un libro digital la experiencia cultural es menor que cuando es un libro de papel? Es decir, lo que este tribunal ha sentenciado (o esa es mi interpretación) es que lo que hace de un libro un producto cultural y por tanto merecedor de un impuesto reducido (y un menor coste para los consumidores) es el papel en el que está impreso.
Podemos hablar largo y tendido sobre qué formato nos gusta más, cuál nos proporciona mejor experiencia de lectura o nos resulta más conveniente, pero lo que para mí no tiene discusión es que el valor cultural del libro no está en el soporte sino en el contenido, igualmente accesible se lea donde, como y cuando se lea. Y se haya comprado donde, como y cuando se quiera.
Por cierto, que en sinerrata también pensamos que la mayoría de sistemas de protección de los libros digitales coartan los derechos de los lectores y por eso no los usamos en los libros que publicamos.
Desconozco si lo que voy a comentar es algo propio de la cultura hispana, o si pasa en cualquier país del mundo, pero es algo que yo no acabo de entender. Por desgracia, para los que estamos interesados en "el asunto este de los libros", cada vez que abrimos el navegador nos encontramos con alguna mala noticia relativa a nuestro sector: si no son las ventas de libros electrónicos que se estancan, es esa librería mítica de toda la vida que acaba de echar el cierre.
La parte que yo no entiendo es que, si todo el mundo se dedica a lo mismo, a crear obras literarias y hacérselas llegar a la gente, por qué tengo la impresión de que unos actores esgrimen este tipo de noticias contra otros. Algunos de los que dicen amar el libro en papel al parecer se alegran si el libro electrónico no avanza con brío, y los "guruses" del cambio de paradigma parecen esperar agazapados a que cierre algún templo de la venta de libros en papel.
A mí esto me da cierta pena, porque a mí por encima de todo lo que me apasiona es leer, (y de forma secundaria escribir, y arrimar el hombro para que las editoriales vendan). Algunos adoramos los libros en papel con los que hemos crecido, y a la vez sabemos ver las ventajas que en algunos ámbitos tiene el ebook.
He hablado de sensaciones. Pero también podemos hablar de datos que por si solos, fuera de contexto o incompletos, no valen nada. A veces, cuando se habla del estancamiento en las ventas de ebooks, ni siquiera dejan claro si hablan de contenidos, o de dispositivos. Si hablamos de los lectores de tinta electrónica, lo extraño sería que un dispositivo que, bien cuidado, tiene una vida útil muy larga, cuyo comprador potencial es un gran-lector, y que no puede competir de tú a tú con dispositivos multimedia, siguiera aumentando sus ventas de forma exponencial.
Y si hablamos de contenidos, de su venta, sí que tenemos un problema, está claro, pero el listado de sus causas se me antoja largo, variado, y complejo. Aunque yo haría dos incisos: decir que se editan menos libros electrónicos, y fijarse únicamente en el dato del ISBN, empieza a ser peligrosamente inexacto, ya que gran parte de la autopublicación prescinde de esta herramienta. El segundo inciso es que podemos hablar de poca venta de contenidos, pero el que diga que el libro electrónico está acabado, que monte en el metro y mire a su alrededor.
La otra cara de la moneda. El libro en papel, estoy convencido, tiene por delante una vida muy larga. Las librerías deberían ser una apuesta de cualquier amante de la lectura, y precisamente hay gente que publica en digital, pero no está dando la espalda a las librerías, todo lo contrario. Algunos se apresuraron a decir que el libro de toda la vida iba a pasar a la historia, cuando la realidad es que, en su sencillez, es un objeto maravilloso, que nos acompañará mucho tiempo aún.
Algunos pensamos, aunque me empieza a preocupar que seamos pocos, que lo que hay que hacer es publicar buenos libros, y después hacérselos llegar a cada lector en el formato que demande, ya sea papel o digital. Y que probablemente cada historia acabe funcionando mejor en un soporte u otro, y que algunas de ellas darán el salto al audiolibro, a una aplicación enriquecida con otros contenidos, o a una nueva edición en papel más cuidada. ¿Por qué nos gusta poner puertas al campo? Y lo que es peor, ¿por qué a veces me da la impresión de que nos alegramos si alguien se cae y no se puede levantar?
Existe una incontable cantidad de libros que aún no han sido publicados en formato digital. Debido a mis gustos literarios y al hecho de que vivo en Israel, me resulta muy difícil y costoso acceder a muchos de ellos que solo existen en papel.
En Israel existe una única tienda de libros en español que ofrece una gran variedad de autores. Pero jamás será la misma que la que es posible hallar en un país de habla hispana con librerías por doquier. Suele ocurrirme que un libro me conduzca a otro, o que lea algún artículo que llama mi atención sobre algún autor en particular. Entonces llamo a la tienda (o a mi padre, que trabaja allí) y pregunto si lo tienen o si me lo pueden conseguir. No siempre es posible, no solo porque el mismo quizá ya no se edita más o porque el precio de importación sería increíblemente alto. En varios casos no me queda más remedio que proceder a la piratería y bajarlo de alguna de las webs que "delinquen" y a las que doy gracias por comprender que no siempre la piratería es producto de la falta de respeto por el trabajo ajeno sino más bien lo contrario: la obsesión por llegar a aquel autor que consideramos importante en nuestro proceso de aprendizaje sobre las obras que pueden aportarnos nuevas riquezas como individuos amantes de la literatura.
Si lo consigo por este medio, lo más probable es que deba convertirlo a pdf o mobi. Si lo convierto a mobi, no me figuran los números de las páginas. Si lo convierto a pdf, los saltos de página no son exactos y la búsqueda del párrafo último leído hace que deba volver sobre lo mismo, cortando así la normal secuencia de lectura. Una se acostumbra, pero no es lo mejor.
Si el libro existiera en formato digital, todo esto sería innecesario. Yo podría comprar los libros que me interesan y el autor podría llegar a más autores y cobrar por ello.
Escribo todo esto por la decepción que me causa seguir leyendo, en un mundo globalizado en el que las migraciones son constantes, que aún hay quienes se resisten a los libros digitales, que le restan valor o los consideran de menor calidad. Son sobre todo los intelectuales que se enamoran de la obra pero no aprecian a los lectores. Son los mismos que luego sostienen que la obra se completa con el lector, que se acaba de escribir con ellos, pero que en su sesgada y dogmática visión del mundo literario no comprenden que harían bien en situarse a favor del avance tecnológico. Dicho avance promueve el arte, lo socializa, hace que llegue a todos y no solo a los que pueden pagar un pasaje de avión a México o a España una vez al año y proveerse de lectura para el año venidero. También ayuda a quienes no han tenido la suerte de vivir siempre cerca de su amado librero.
Limitar el libro digital es ponerle trabas a la cultura. Cuando un hombre culto desprecia el libro digital está, ni más ni menos, que despreciando a miles, millones, de lectores.
Me encantaría dedicar un artículo a hacer vaticinios, a aportar algo de claridad sobre cuál puede ser el futuro de las bibliotecas. Pero me temo que como casi todo el mundo, no tengo más que dudas. A esta sensación hay que sumar una endeble certeza: la de que las decisiones que se tomen "desde arriba" pueden hacer que, digitales o no, las bibliotecas del futuro mantengan más o menos su propósito actual, que no lo hagan, o que desaparezcan. Estoy pensando, reconozco, más en las bibliotecas de ciudades y barrios, que en las de las universidades, institutos tecnológicos u otros centros del saber, de cuyo futuro no tengo dudas.
La primera pregunta que me hago es si hay gente interesada en fulminar el modelo actual, las bibliotecas de barrio tal y como las conocemos, basado en el préstamo de libros en papel. El nuevo canon a las bibliotecas públicas, que al parecer no apoya casi nadie, supone, de facto, que las bibliotecas tengan que pagar dos veces por cada libro, al adquirirlo, y esta tasa, que sería mayor cuantos más socios tenga la biblioteca. Bueno, un inciso, algunos como CEDRO no lo apoyan simple y llanamente porque pensaban sacar una mayor tajada de este asunto. Yo considero que es una de esas medidas pan-para-hoy-hambre-para-mañana.
La segunda pregunta se la hace mucha gente: ¿las bibliotecas del futuro serán digitales? En este caso pienso que es una pregunta innnecesaria. La realidad, las necesidades, (y me temo que las decisiones arbitrarias de unos y otros), irán marcando el ritmo de esta hipotética transformación. Si he de mojarme diría que en las bibliotecas "normales", que se nutren de todo tipo de libros, el cambio será lento, con predominio del papel durante muchos años, y la introducción paulatina de las nuevas tecnologías. Mientras que en las librería universitarias, que se nutren de libro técnico, creo, intuyo, que la transformación se irá acelerando, y que se tenderá a trabajar en red, a compartir materiales y conocimiento, y a que haya más espacio para la consulta y el estudio, y menos para el papel. Estos días ha circulado por la red la noticia de la inauguración de una biblioteca (técnica) sin libros. Se ha dicho que es la primera, cuando no lo es, y se ha jugado al despiste con la redacción de las noticias, ya que en algunos casos daba la impresión de que el hecho de que no tuviera libros de debía a un error de Calatrava, que bueno, no es que piense demasiado en los usuarios de los edificios que diseña, pero no creo que llegue hasta ese punto.
No acaban aquí ni las noticias, ni las preguntas. En Xataka nos cuentan una polémica que llega desde Alemania. El Tribunal Europeo de Justicia ha dictaminado que las bibliotecas podrán digitalizar obras sin el permiso de los editores; eso sí, remiten al cumplimiento de las legislaciones locales. Aunque la polémica, aclara el artículo de Xataka, estriba más en el hipotético derecho de copia que en el de consulta: ¿puedes llevarte toda la obra en un pendrive?, ¿puedes imprimirla? Simplemente hay cosas que están pendientes de ser reguladas, como en su momento se reguló qué porcentaje de un libro en papel puedes fotocopiar (ignoro cómo está ahora mismo ese tema).
La cuarta y última pregunta es para mí la más importante. De acuerdo, las bibliotecas van a ser, al menos en parte, digitales, ¿cómo regulamos el derecho a lectura o consulta?En Diario Turing nos hablan de EBiblio, la plataforma que va a gestionar el préstamo de e-books en España. Nos cuentan que va a haber dispositivos que se van a quedar fuera, los Kindle de Amazon, por incompatibilidad del DRM. Nos cuentan que la gestión de la plataforma recae en Libranda, (era bastante previsible). Y sobre todo nos cuentan que hablamos tan solo de 200.000 licencias pagadas, y de 1.500 títulos a disposición de los lectores en formato e-book. El número de libros está claro que es pequeño, y el de las licencias también lo es, si nos paramos a analizar que tienen limitaciones de diversos tipos (20 meses de duración o 28 lecturas cada una de ellas). Yo entiendo que las plataformas y las editoriales busquen rentabilizar su trabajo, en ello estamos todos, pero creo que poner en marcha un sistema de bibliotecas públicas, y que la primera piedra sea cómo rentabilizamos cada lectura, me parece que ya de entrada lastra todo el modelo y el desarrollo, y que nos llevará a un servicio muy deficiente, o a unos costes para mejorar el sistema inasumibles por las administraciones. De nuevo, como en la primera pregunta, pan-para-hoy-hambre-para-mañana.
Cuando pagar por la cultura es asegurarse de que se continúa produciendo
Voy apenas a abordar un tema tan espinoso como complejo. Levanta ampollas y afecta
a obras de distintos tipos (música, literatura, cine, programas informáticos,
videojuegos, programas audiovisuales), pero aquí me voy a centrar sobre todo en
mi (limitada) perspectiva y experiencia personal como escritora. No pretendo hablar por todos los
artistas y profesionales ligados a las industrias mencionadas. Aunque no lo
parezca, estoy tratando de ser breve.
Uno de los temas que mis alumnos de bachillerato tenían que
considerar era la piratería. Ni ellos ni yo misma nos habíamos parado a considerar
todas las implicaciones. La mayoría no creía que bajarse una canción o una
película de Internet, algo tan habitual, supusiera un problema y reaccionaban
de las formas más graciosas cuando empezaban a darse cuenta de por qué suponía un delito. Muchos de nosotros actuamos por mera ignorancia y hemos creado
una cultura de no pagar por la cultura, inconscientes de las consecuencias fatales
que eso acarrea.
El mes pasado me hicieron partícipe, a través de Facebook,
de la lucha de una serie de autores cuyas obras (las mías incluidas) se estaban
vendiendo a través de una página no autorizada. Una de las escritoras apuntaba
además que el precio de venta que le habían puesto esos piratas a su novela era
superior al precio por el que estaba disponible de forma legal en Amazon.
Según la UNESCO, la piratería consistía tradicionalmente en
la reproducción y distribución no autorizadas, a escala comercial o con
propósitos comerciales, de ejemplares físicos de obras protegidas. No obstante,
el rápido desarrollo de Internet y la utilización masiva en línea, no
autorizada, de contenidos protegidos, en la que con frecuencia no existe el
elemento “comercial”, han suscitado un intenso debate. La cuestión acerca de si
dicho uso es un acto de “piratería” y si se debe abordar de la misma manera que
la piratería tradicional, constituye el eje del debate actual sobre el derecho
de autor. Están surgiendo distintos puntos de vista, a menudo divergentes, y
las respuestas a la cuestión difieren de un país a otro.
Hay quien se resiste con toda razón al término "piratería" porque resulta discutible que “te roben algo”. Si alguien me roba la cartera,
me quedo sin ella, lo que no ocurre si alguien se descarga mis libros de forma
ilegal. Tampoco quiere decir que haya perdido una venta, pues esa persona puede
que jamás hubiera pagado por mi novela. Sinerrata, además, se separa de
aquellas estrategias editoriales que pretenden combatir este fenómeno con sistemas de
protección (de muy dudosa eficacia) que criminalizan al usuario con el empleo
de DRM, por poner un ejemplo.
En busca del mecenas perdido
El lector medio desconoce la cantidad de trabajo que se
encuentra detrás de un libro. Yo tampoco lo sospechaba antes de empezar
publicar. Para el escritor, se trata de meses de dedicación (dos-tres años largos por novela, en mi caso). A eso se le añade la labor del editor, correctores
varios, portadista, maquetador… En este magnífico artículo, el escritor Javier
Pellicer lo explica muy bien. Este es un trabajo que existe con independencia de que se
trate de un libro en papel o en formato digital. Puedo asegurar que sinerrata, la editorial que ha publicado tres de mis novelas, se ha esforzado al máximo para proporcionar libros electrónicos cuidados en extremo y a un precio más que razonable.
¿Es una cuestión de precio? Mis novelas se venden a menos de cinco euros. Como lectora,
diría que es un precio más que ajustado por las horas de entretenimiento que
proporcionan. Me alegra mucho que el catálogo de sinerrata se ofrezca de forma gratuita a través de la plataforma 24symbols, de modo que quien desee leerlo no se encuentra en posesión de una excusa válida para delinquir. Como señalaba, muchos de nosotros actuamos por puro desconocimiento.
No creo que el lector medio tenga conciencia de lo que supone descargar
ilegalmente un libro en lugar de comprarlo, de la bofetada que le dan al
autor y a los profesionales de la editorial que lo publica. “Tu producto me
resulta atractivo, pero no lo respeto lo suficiente para estar dispuesto a
pagar por él”.
Este tema me recuerda la vieja asunción de que el artista
trabaja gratis. Hace unos años me invitaron a participar en un programa de la
extinta televisión valenciana. Iban a tratar el miedo y, al parecer,
la autoría del análisis cinematográfico de Freaks/La
parada de los monstruos me acreditaba como experta. Como las fechas
coincidían con mi estancia en Valencia por vacaciones, acepté. En ningún
momento se mencionó compensación económica alguna por mi tiempo ni la
preparación necesaria. Recuerdo que en aquel momento pensé con cierta
indignación que seguro que Belén Esteban no realizaba apariciones televisivas
gratuitas. Lo mismo volvió a ocurrir más adelante con mi participación en
programas radiofónicos y espero haber aprendido la lección. Como la chica de la ilustración, yo tampoco necesito publicidad, muchas gracias.
Sospecho que el público en general piensa que los escritores
ganamos dinero a espuertas. La triste realidad es que, ahora y siempre, son muy
escasos los autores que pueden (sobre)vivir de la escritura. Los artistas acaudalados, en cualquier disciplina, son la excepción que confirma esta triste regla. Casi todos nos dedicamos a otras labores
en paralelo porque, como todo hijo de vecino, tenemos facturas que pagar. En mi caso, tengo la suerte de que me encante la enseñanza, porque los
derechos combinados de mis cinco libros a la venta en este momento me deben
proporcionar algo así como cien euros al año.
Así pues, tras la odisea que supone publicar, la ingenuidad
y el entusiasmo de muchos de nosotros se ven empañados por la cruda realidad.
Asumimos, en algunos casos, la posibilidad de no llegar a vivir de nuestro
trabajo. Eso significa que los que disfrutan con nuestras historias tendrán que
esperar bastante más para leerlas porque apenas podemos dedicarles tiempo. También puede significar que algunas de estas historias no
lleguen jamás a materializarse por simple agotamiento del autor, que tiene que
hacer malabarismos y escribir robándole horas al sueño. Otros acabarán tirando
la toalla. Cuando alguien da mucho más de lo que recibe durante demasiado
tiempo, termina marchitándose en cuerpo y alma.
Digamos que, como la mayoría de los autores, yo escribo para
que me lean, y no para ganar dinero (aunque no estaría de más combinar ambas opciones). Hace
años que vengo poniendo a disposición del público muchos de mis escritos,
incluyendo populares artículos sobre cultura gótica o mi tesis sobre Tim Burton,
seiscientas páginas a las que dediqué más de tres años de mi vida. Todo está a aquíy, salvo alguna escasísima excepción,
nunca he ganado ni un céntimo por tantas horas de dedicación. No acaba de importarme porque yo misma me
beneficio de esas maravillosas instituciones
llamadas bibliotecas y otros materiales gratuitos.
Prefiero que me lean y perder dinero a que no me lean en
absoluto. Y digo “perder” en lugar de “no ganar” porque el mismo acto de
escribir supone una inversión importante, más allá del tiempo y el esfuerzo,
como puedan ser viajes o la adquisición de libros y otros materiales ligados a
la investigación y publicación.
Si una persona descarga una de mis novelas de forma ilegal,
desde luego que apenas me va a afectar a corto plazo, pero si vamos sumando una
tras otra, al final va a resultar en que mi editorial, independiente y
valiente, tendrá que cerrar sus puertas. Como tantas otras.
Mi postura frente a esta llamada piratería es, pues,
ambivalente. Por una parte, lo que más me interesa es que mis libros se lean y
se disfruten. No me tiro de los pelos cuando los descubro en otra página de
descargas ilegales, aunque no me haga ninguna gracia tampoco.
Por otra parte, no deja de resultar triste que haya tantos
lectores que no se paren a considerar que el autor y los profesionales que han
trabajado tan duro para que ellos puedan gozar de un producto bien hecho
merecen algo a cambio de sus desvelos. He visto incluso un blog que ofrece
descargas ilegales declarando que con ello “pretenden fomentar la literatura”.
¿En serio? ¿Negándoles una justa recompensa a los que la hacen posible? Curiosa
forma de agradecimiento.
Para bien o para mal, en estos momentos la cultura se apoya en una industria que precisa de mecenas. Cuando compramos un libro nos convertimos en ese "protector de las artes y las letras" que contribuye a que el autor y la
editorial puedan continuar proporcionándonos esas historias que tanto nos deleitan.
Como este devastador vídeo pone de manifiesto, el arte hace que la vida valga la pena ser vivida.
O eso leemos esta semana en los múltiples y variados artículos sobre el informe de la Federación de Gremios de Editores de España, según el cual las ventas de libros durante 2013 han descendido un 9,7%, mucho más que en nuestros vecinos europeos y, lo que es peor, acumulando una caída en los últimos diez años del 19%. El único que se salva, aparentemente, es el libro electrónico, que aumenta sus ventas un 8,1%, aunque su contribución a la facturación total sigue siendo prácticamente testimonial, apenas un 3,7%.
No voy a negar que las cifras son malas, que hay que ser muy iluso para no preocuparse por la situación estando dentro del sector y aspirando a poder seguir haciéndolo, pero me niego a contagiarme del discurso victimista de aquellos que, en teoría, nos representan. Este es un descenso en las ventas que también refleja la crisis generalizada que estamos viviendo en nuestro país, en la que comprar libros no es una prioridad para muchas familias que ahora tienen otras necesidades. Y sabiendo esto desde hace tiempo, quizá habría habido que plantearse reducir la producción y buscar sistemas de distribución más efectivos que permitieran bajar costes y precios. Pero no, llevamos años de publicación desmedida, inundando librerías con novedades que a veces ni salen de las cajas (tan solo en 2013 ha habido un descenso considerable del número de títulos publicados). En cuanto a los libros digitales, la piratería nos afecta, sin duda, pero ya basta de utilizarla como excusa-comodín. Que los lectores se hayan acostumbrado a conseguir el contenido gratis es en buena parte culpa de esta industria, que no supo ver la oportunidad sino solo la amenaza y así llegó tarde, mal y caro a la realidad digital. Y ahora se esconde detrás de su propio fracaso, pidiendo medidas legales, que difícilmente servirán y seguirán convirtiendo a nuestros lectores en enemigos, en lugar de buscar soluciones que se acerque a lo que estos piden.
Llegados a este punto, en el que ya estamos y que no es ni mucho menos propicio, creo que es necesario hacer un verdadero giro dentro del sector: innovar, mejorar, cambiar y, sobre todo, hacerlo como conjunto. Colaboraremos entre los distintos agentes y trabajemos juntos, como bien propone Aharon Quiconces en su blograzonamiento de un editor. Hay que pensar en otras estrategías y alianzas, como esta que nos cuenta Mariana Eguaras entre librerías y bibliotecas.
Como cuentan que el mismo Einstein llegó a decir: "Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados". Llevamos diez años de malos resultados, cambiemos la forma de hacer las cosas para que estos puedan ser distintos.
La entrada de hoy iba a versar sobre la Feria del Libro de Madrid, que se está celebrando ahora mismo y hasta el 15 de junio y en la que, un año más, siguen sin tener cabida los libros electrónicos. Ya en su edición anterior escribimos en este blog sobre lo absurdo que nos parecía excluir de forma explícita y rotunda a un simple formato, cuando de lo que se trata es de festejar la lectura y reunir a los lectores con los libros y los autores. Aún no he conseguido entender por qué un ebook no puede formar parte de eso, menos aún cuando desde hace ya algún tiempo, y cada vez con más protagonismo, forma parte indiscutible del universo lector.
Reflexionando sobre lo difícil que parece resultarles a algunas organizaciones innovar e introducir cambios, a pesar de que sería algo de lo más natural cuando se supone que su prioridad es la difusión de la cultura en general y la lectura en particular, me vino a la cabeza un proyecto que conozco y sigo desde hace algún tiempo y que es todo lo contrario a ese más de lo mismo. Estoy hablando de Casa Tía Julia, un refugio literario y de ideas, soñado, imaginado y en proceso de ser llevado a la práctica por Nuria Rita Sebastián, también conocida como Editora con carrito y directora de Revista Iguazú. Nuria lleva años trabajando por la cultura y la literatura y ahora da un paso más haciendo posible un espacio para fomentar la creatividad, la colaboración y el intercambio de ideas, con el enorme añadido social de la reactivación de las áreas rurales.
Quería hablar sobre las ferias del libro, sobre lo importante que es ese encuentro entre lectores y escritores y llevar los libros, en cualquier formato, a la calle, pero no lo es menos apoyar iniciativas como Casa Tía Julia, que con recursos limitados pero mucha más ilusión y vocación contribuyen a que el mundo de la cultura siga evolucionando.
Gracias a Twitter, y a @PLCAndalucia, que fue la cuenta que lo tuiteó ayer por la mañana, recuperé este fantástico póster del escritor Daniel Pennac, ilustrado por Quentin Blake y producido por la editorial francesa Gallimard. Me parecen muy pertinentes todos y cada uno de los derechos que se exponen en él, y me gusta recordarlos de vez en cuando porque algunos de ellos suelen ignorarse o machacarse repetitivamente, muchas veces por los mismos que deberíamos estar defendiéndolos a capa y espada.
Para empezar, habría que tener bien presente cuál es la prioridad para todos aquellos que nos dedicamos de una forma u otra a la palabra escrita, y esta debería ser, al menos en mi opinión, la lectura. Partiendo de esta premisa todo lo demás cae por su propio peso: da igual cómo, dónde, cuándo y qué, lo que importa es que se lea. Y que se disfrute, de ahí la obligación final: si forzamos esta actividad es probable que perdamos a un futuro lector.
Los editores, y también los críticos, tenemos tendencia a decir qué es lo que hay que leer y qué no, qué es Lectura y qué no merece ese calificativo. Pero yo siempre he creído que leer está por encima de opiniones, tendencias o dogmas. Cada cual que lea lo que quiera, pero que lea.
Ayer nos encontramos con la noticia de que el Congreso, o, mejor dicho, la mayoría absoluta del Partido Popular, había echado para atrás la propuesta de Convergència i Unió para bajar el IVA de los libros electrónicos y otros productos culturales que se consumen bajo descarga, como la música y el cine, del actual 21% al superreducido 4% del que disfruta, por ejemplo, el libro de papel. El rechazo es debido, según se informa, a que el asunto es competencia europea y no española.
Aunque el argumento es totalmente cierto, y es la Unión Europea la que en alguna de sus normativas contempla las descargas* (no así los ebooks que se comercialicen en cualquier tipo de soporte tangible, como un cedé, tarjeta de memoria o lápiz óptico) como un servicio y por tanto no susceptible de beneficiarse de un tipo de IVA superreducido, me quito el sombrero ante otros países vecinos, es el caso de Francia, que se han atrevido a bajarlo aunque tengan que aguantar las broncas correspondientes por parte de Europa.
El camino deber ser, por supuesto, eliminar esa premisa absurda de contemplar la descarga como servicio, sin pararse a analizar qué es lo que se está descargando, pero en este caso el rechazo a la propuesta me parece una simple excusa del gobierno para seguir ignorando al sector cultural. Y no se trata de entrar en argumentos manidos como el de la federación de gremios con la piratería, sino de declarar la cultura en general y la lectura en particular como una prioridad estatal y apoyarla también fiscalmente.
* He encontrado este artículo, bastante antiguo, donde se explica el tema de las descargas y su consideración como servicios y no productos, gracias a los comentarios en el post sobre el IVA de los ebooks de Jaume Balmes.